nurenberg: odio vesánico

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FUEGOFRIO copia de europans lo siguiente:

“Ahora sigo a mis hijos. ¡Que Dios proteja a Alemania!”

Es la madrugada del miércoles 16 de octubre, y los relojes eléctricos marcan la una cuando suenan tres golpes en la puerta del gimnasio. El MP de guardia, un sargento de casi dos metros de alto, se inclina y mete la llave en la cerradura, abriendo de par en par la hoja con un solo gesto. Aparece el subjefe de la cárcel de Nuremberg, Little, seguido de un oficial. Detrás de ellos, entre dos soldados de casco, cinturón y brazalete blancos, marcha Von Ribbentrop. Con las muñecas esposadas a la espalda, rígido, con la camisa abierta sobre el pecho y los cabellos húmedos por la lluvia, está ligeramente turbado, y mira alrededor desalentado y deslumbrado por la intensa luz de los reflectores.

El ex ministro del Exterior atraviesa el gimnasio y se para tambaleante al pie de la escalera ante el primer patíbulo. El color de su rostro, recordará Boris Afanasiev, corresponsal de “Tass”, no es ni siquiera blanco. Es amarillo. Von Ribbentrop da una ojeada a la horca y en seguida cierra los ojos horrorizado. Un soldado le quita las esposas. Un oficial americano le pregunta: “¿Cuál es su nombre?”. El intérprete traduce, aunque Von Ribbentrop conoce perfectamente el inglés: “Joachim von Ribbentrop”.

Seis minutos después otros tres golpes suenan en la puerta de hierro del gimnasio. El MP hace girar la llave en la cerradura, abre la hoja y aparece Keitel, palidísimo, pero caminando con paso firme. También el ex jefe del OKW, con pantalones de franja roja de general, tiene ya la camisa abierta sobre el pecho. Su guerrera está desprovista de condecoraciones. Da una ojeada al patíbulo cuando le conducen al pie de la segunda horca. Luego vuelve la mirada a los que le rodean. “Me llamo Wilhelm Keitel”, dice al intérprete, y con pesado paso sube los trece escalones. Llegado arriba, ofrece las muñecas al ayudante del verdugo. “Invoco al Omnipotente”, declara con gran calma Keitel, “para que tenga compasión del pueblo alemán. Más de dos millones de personas han muerto antes que yo. Ahora sigo a mis hijos… ¡Dios proteja a Alemania!”, grita aún mientras cae por la trampilla.

A la 1,30 la puerta del pabellón se abre por tercera vez y deja entrar al gigantesco Kaltenbrunner, que es esperado a la entrada por el capellán católico O’Connor. El condenado tiembla, y parece que se haya vestido con prisa y rabia. El ex jefe del RSHA dirige una mirada implorante al sacerdote, que, absorto, lee las oraciones de los moribundos. Luego, con largos pasos, Kaltenbrunner se acerca a la primera horca, se detiene de golpe y se queda mirando, como hipnotizado, al verdugo. Woods, que espera arriba de la escalera.

¿Su nombre?”, pregunta el oficial.

Soy Ernst Kaltenbrunner”, responde tan bajo que apenas se oye. “¿Tiene algo que decir todavía?”. “Sí, por favor”, murmura el condenado. Se vuelve a los presentes mostrando bajo la luz implacable de las lámparas su rostro cubierto de innumerables cicatrices: “He sido fiel a mi patria y a mi pueblo. Siempre he cumplido mi deber. No he tenido
ninguna parte en los delitos de los que me habéis acusado”. Kaltenbrunner queda inmóvil, palidísimo. El capuchón negro desciende sobre su cabeza, y se coloca el lazo en torno a su cuello. El verdugo. Woods, hace un gesto, pero todavía pasan unos segundos sin que suceda nada. Entre los testigos de la ejecución hay un movimiento de sorpresa y de turbación. Pero en el mismo instante, con un chasquido, se abre la trampilla y engulle el cuerpo del condenado.

Sólo Rosenberg rehúsa los auxilios de la fe

Diez minutos más tarde —a la 1.40— le toca el turno a Rosenberg, el ex ministro de los Territorios Ocupados. Viste pantalones del ejército americano, y la cazadora militar ha sido sustituida por una marrón de piel. Entra con paso resuelto y los ojos fijos con obstinación en tierra. Con un solo y rabioso movimiento de la cabeza —porque tiene las manos sujetas a la espalda- el filósofo nazi rechaza a los dos capellanes. Será el único de los diez ajusticiados que rehúse los auxilios de la fe.

Rosenberg dice su nombre casi gritando, y se aproxima inseguro al patíbulo. A la pregunta ritual del oficia! “¿Tiene aún algo que declarar?”, hace un gesto seco de negativa, susurra “No” moviendo con trabajo los labios, y luego cierra con fuerza la boca. Antes de que el negro capuchón le cubra la cabeza, el condenado lanza una larga mirada al gimnasio, y cuando ve las ocho mesitas con las maquinas de escribir de los periodistas, una sonrisa desdeñosa aparece en sus labios. Un instante después está muerto.

Entre una ejecución y otra transcurre un breve espacio de tiempo. En el gimnasio la tensión es fortísima. Basta un acceso de tos —como el que el capellán Gerecke recordará, años después, en sus memorias— y todos se sobresaltan. El coronel Andrus consulta brevemente con 1os cuatro generales y permite fumar y beber. Hay whisky, coñac, ron y vodka, Cuando a las dos en punto aparece en el gimnasio Hans Frank escoltado por los MP, el presidente de Baviera, Hoegner tiene casualmente el cigarrillo encendido entre los dedos. Un soldado americano lo ve y le grita con voz dura: “¡Fuera con el cigarrillo, alemán!”.

Streicher al verdugo: ¡Te ahorcarán también a ti!”

Pasan varios minutos antes de que se oigan los tres golpes en la puerta del gimnasio. Ahora es el turno de Streicher. Antes que a él, en una hora, la cuerda ha matado ya a seis hombres. El ex Gauleiter de Franconia, violento e impetuoso, ha negado a vestirse y los guardianes de la cárcel se han visto obligados a usar la fuerza. Cuando aparece en el gimnasio Streicher no camina: parece saltar. Patalea, ruge y lanza gritos de “¡Heil Hitler!”. Luego se para de golpe y retrocede. Los MP deben levantarlo en peso para llevarle al pie de la segunda horca.

A la pregunta ritual “¿Cuál es su nombre?”, Streicher ríe sarcásticamente. “Lo sabe muy bien. No hagamos comedia”. “Debe usted contestar”, le dice tranquilamente el oficial americano. “Streicher, Julius Streicher”, gruñe finalmente el condenado. Vuelve la espalda y, un poco por si mismo, un poco bajo el enérgico impulso de quien le sigue, sube los trece escalones. En la plataforma se vuelve a los presentes, golpeando deliberadamente con el codo al verdugo. Desde allí, una vez más, proclama su antisemitismo: “Este año —grita irónico— los judíos celebrarán de verdad la fiesta del Purim (el Purim recuerda a los judíos salvados del yugo persa)”. Hace una larga pausa y añade: “¡Pero recordad que llegara un día en que todos vosotros seréis ahorcados por los bolcheviques!”. Y mirando al verdugo, repite: “¡Te ahorcarán también a ti…!”. Pero Woods le mantiene la mirada, rígido. Streicher se dirige al pastor protestante: “Estoy preparado para ir a Dios”. El ejecutor pone el capuchón, los ayudantes le atan las piernas y las muñecas con las largas correas de cuero. La trampilla se abre y Streicher lanza un último grito. Es el recuerdo de su mujer: “¡Adele, querida mía!.

El cuerpo desaparece bajo el patíbulo, y en el silencio, tenso y tremendo, se oye salir de la trampilla —clarísimo— un lamento humano, débil pero profundo. Un periodista se desmaya, cayendo sobre su mesa. Militares, jueces y MP se miran estremecidos. Los dos médicos entran apresuradamente bajo el cadalso y salen en seguida, sacudiendo la cabeza con gesto negativo: “El ahorcado ha muerto. El fallecimiento ha sido instantáneo”.

Momentos aterradores durante las ejecuciones

Pero este alucinante gemido se oye también en otra ejecución, la de Sauckel. También él, como Streicher, se ha negado a vestirse y no ha dejado que le pongan la chaqueta. Lleva sólo pantalones y jersey, y sus ojos vagan desesperadamente aquí y allá, y a intervalos se detienen en las negras lonas de los patíbulos. A la pregunta “¿Cuál es su nombre?”. replica enojado: “No contesto”. Luego murmura a regañadientes: “Fritz Sauckel”. El oficial y un soldado se ven obligados a hacerle subir al patíbulo empujándole por los codos. Desde el cadalso. Sauckel habla brevemente y con ira:

“Muero inocente. La sentencia ha sido demasiado dura… Dios proteja a Alemania y la haga de nuevo grande. Dios proteja a mi familia”. Cuando se hunde en la trampilla son las 2,28. Se oye aún un gemido sofocado, terrible. Algunos se llevan las manos a los oídos.

Llaman de nuevo a la puerta y aparece Jodl en uniforme de generaloberst (capitán general, con pantalones de franjas rojas y las botas limpísimas. Solamente está pálido; no tiembla, no mira a nadie, y va derecho a la horca, como si conociese perfectamente lo que debe hacer. Con la cabeza alta, bajo el lazo que oscila, pronuncia pocas palabras: “Te saludo, Alemania mía”.

El ultimo condenado, Seyss-Inquart, entra en el gimnasio a las 2,45. El ex gobernador de Holanda, con chaqueta gris de una una de botones, camina como un sonámbulo y cojeando. Sube los trece escalones uno a uno, parando varias veces “Doctor Arthur Seyss-Inquart”, dice. El ayudante del verdugo le quita las gafas, pero Seyss-Inquart no parece darse cuenta. Sus ojos están fijos en las vigas verduscas de las horcas. “¿Quiere decir aún algo?”, pregunta el oficial. ”Sí'”. Un instante de silencio. “Espero que esta ejecución sea el último acto de la tragedia de la segunda guerra mundial y que la lección de esta guerra sirva para la paz y la comprensión entre los pueblos”. La trampilla se abre mientras, con fuerza, exclama Seyss-Inquart: “¡Creo en Alemania!”.

Los relojes señalan las 2,48 del 16 de octubre. Las ejecuciones se han terminado. “Ten men in 103 minutes. That’s fast work”, comenta Woods. (“Diez hombres en ciento tres minutos. Esto es trabajar rápido”.)

Ahora los féretros, abiertos, son alineados uno junto al otro al fondo del gimnasio. Cada cadáver tiene aún la camisa abierta, el lazo apretado en torno al cuello y el rostro cubierto de un paño negro. Los enterradores los levantan uno a uno y los llevan al local adjunto, el vestuario del gimnasio, colocándolos en otras tantas camillas y poniendo en el pecho de cada uno un letrero con la inicial del nombre y el apellido.

Para ellos, el último horno crematorio

Los cuatro fotógrafos autorizados pueden hacer centellear de nuevo sus “flashes”. El pequeño grupo de testigos, silencioso, espera cerca de una pared. El tableteo de las máquinas de escribir cubre todos los demás ruidos. Ninguno de los ocho periodistas acreditados podrá dejar el gimnasio antes de que transcurran al menos dos horas. Las peticiones de los corresponsales de la agencia TASS y de Pravda —los cuales han de someterse a la censura de Berlín antes de transmitir sus artículos— no tienen resultado. A millares y millares de kilómetros de distancia, en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Australia, los periódicos se preparan a salir con un grueso titular: “Goering, ahorcado”. Los corresponsales reunidos en el Press Camp de Nuremberg saben ya que las ejecuciones se han cumplido, pero obviamente no conocen el suicidio del ex mariscal del Reich y piensan que ha muerto en la horca como los otros diez. “Ese Goering”, dice Woods. “me molesta que se haya salido con la suya. Era el que más me interesaba…”. “¿Ha tenido problemas?”, le pregunta un periodista. ‘Yo, no, no he estado nada nervioso. Por lo demás, creo que no tengo nervios. ¿Cómo me arreglaría, si no, en un oficio como éste? En general estoy contento de haberlos ahorcado. Era un trabajo que debía haberse hecho hace tiempo…”. Y añade: “Todos han muerto de golpe, apenas cayeron en la trampilla. Sólo uno, Streicher, tardó un poco, pero no mucho más. Para cada condenado usé una lazada y un capuchón distintos. Luego estos enseres los he dejado sobre los cuerpos. Así que serán destruidos no quedará nada para los coleccionistas de recuerdos”.

Inesperadamente, en la puerta del gimnasio se oyen de pronto tres nuevos golpes. El MP abre la hoja de par en par y, con una ráfaga de lluvia, aparecen las chaquetas blancas de dos enfermeros. Los hombres avanzan con paso grave y pesado, llevando una camilla cubierta con un paño. Es el cadáver de Goering, que es puesto con los otros. Los enterradores lo levantan colocándolo sobre uno de los camastros de campaña. Luego los cuatro fotógrafos —americano, ruso, inglés y francés— fotografían otra vez con los “flashes” los cadáveres de los jefes nazis: primero vestidos y luego sin ropa. El general francés Morel se vuelve a los presentes: “Comprueben también ustedes que Goering está muerto”. Y tras un breve silencio: “Ahora está todo verdaderamente acabado”.

Dos horas y media más tarde, en el alba lluviosa del 16 de octubre, dos camiones militares escoltados por motoristas y precedidos y seguidos por coches blindados, en los que se encontraban un general americano y un francés, dejaban el Palacio de Justicia, atravesaban las calles desiertas de Nuremberg y enfilaban la carretera hacia Furth. El reloj de una iglesia señalaba las 5,30. En las cajas de los camiones, vigilados por los centinelas, van los féretros con los cadáveres de los once jefes nazis. Autos de periodistas siguen el cortejo, pero en Erlangen, cerca del aeródromo, el coche blindado a la cola de la columna vira de golpe, se para y obstruye la carretera. De la torreta surge, sonriente, un capitán americano que empuña una metralleta. “Para ustedes es peligroso seguir”, dice a los periodistas. “Harían mejor en volver atrás”

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Parece que Europa NS va a tener el mismo honor que tuvieron los “jerarcas nazis” “juzgados” en Nuremberg, según lo nota el Dr. Thomas Dalton en su libro Debatiendo el Holocausto y lo recuerda el Dr. Aníbal D´Angelo Rodríguez.

[quoteCuando Dalton se pone a estudiarlos, se encuentra con un primera sorpresa, un dato poco conocido: el equipo norteamericano que montó todo los juicios era en sus tres cuartas partes judío. “¿Cómo explicar un staff en sus tres cuartos judío en una Nación en la que (los judíos) son una minoría inferior al dos por ciento de la población?” (pág. 39). Y concluye:
http://elblogdecabildo.blogspot.com/2009…o-de-cargo.html


¡LOS JUDIOS CELEBRAN HOY SU FIESTA DE PURIM EN NÜREMBERG…!

Momentos antes de morir asesinado en las fauces de la judería internacional, el nazista alemán Julius Streicher gritó al público esta extraña frase, previo a ser ahorcado (y desangrado) en el circo llamado Juicio de Nüremberg, en 1946. Su grito de denuncia ha generado mucho asombro, comentarios e interpretaciones. ¿A qué se refería Streicher con el término “Purim”? ¿Era sólo una comparación irónica con algún tipo de rito judío o en verdad Streicher había advertido el verdadero sentido de lo que ocurría?…

Las fotografías oficiales de Nüremberg muestran a los ejecutados brutalmente cortados de oreja a oreja, pasando por debajo del cuello hasta la garganta, como la forma de sacrificio tipo por corte en el cuello de los corderos y los bovinos en manos judías -ejecución ritual llamada Schema o Schachten- a pesar de que se dice que sólo fueron “ahorcados” y nada más. Incluso, se sacrificó así al cadáver sin vida de Göering, quien se había suicidado en la cárcel al sospechar el destino que le esperaba al final del juicio.


Inmediatamente después de tomadas estas morbosas fotografías, los cuerpos fueron cortados en pedazos y quemados en los mismos crematorios de los supuestos “campos de exterminio”, para completar el rito, algo que es descrito abiertamente en todos los libros de historia. El carácter ceremonial de este crimen lo vemos también en esta posterior quema de los cuerpos de los ajusticiados, equivalente a la incineración de las entrañas y las grosuras del animal sacrificado y a la quema de la criatura completa en los ritos de holocaustos bíblicos. Recordemos que los judíos le tienen terror a la cremación de cuerpos, prohibida por ley en Israel, producto de su incredulidad religiosa en el alma y de una existencia reducida únicamente al plano material, lo que les produce supersticiosos y triviales temores sobre lo que le suceda al cuerpo del difunto aún después de su propia muerte, algo que quedó claro al final de la guerra del Yom Kippur, en donde Israel aceptó liberar presos árabes en un hecho inédito, a cambio de recuperar los cadáveres de soldados judíos que quedaron abandonados en territorio enemigo.

Además Julius Streicher, como Alfred Rosemberg, era un editor, y no uno de los más altos cabecillas del movimiento Nazista, de modo que no podía ser culpado de “genocidio” o “crímenes contra la humanidad”. Por Streicher los periodistas del mundo nunca han alzado sus acongojadas voces de reclamo, ni han apelado a la mentada “libertad de expresión” de la prensa… Ni siquiera figura en la lista de periodistas del mundo que han muerto víctimas de su propio trabajo. Debemos buscar, así, las razones de su ejecución en su afanoso estudio del Talmud judío, que publicaba periódicamente, sacrilegio que en la ley judía se castiga con la muerte del no judío que ose contemplar sus sagradas escrituras del Talmud y la Torah:


“Un no judío que estudie el Talmud o el judío que le ayude a hacerlo deben ser condenados a muerte” (Sanhedrín)

“Es la Ley matar a quien reniegue de la Torah y los Cristianos pertenecen a los detractores de la Torah.” (Coschen hamischpat)

Sin embargo, ¿qué tiene que ver este carácter ritual de las ejecuciones de Nüremberg con el término exclamado por Streicher?…

Streicher había escrito en plena guerra el siguiente artículo, en su periódico símbolo llamado “Der Sturmer”:

EL GOLPE MORTAL

Quien vive la vida de un criminal quiere evitar ser visto como tal. Su oscuro comportamiento le fuerza a ponerse la mascara del hombre común, la mascara del inofensivo. Los judíos viven la vida de los criminales. Desde el principio, les ha sido revelado por su dios El Schaddei Yavé que su tarea es apropiarse del trabajo de otros y convertirse ellos mismos en amos. Desde el momento en que los judíos decidieron esclavizar a otras naciones cometiendo crímenes contra la humanidad, sabían que se encontraban en un gran peligro. Si sus crímenes llegaban a ser conocidos, corrían el riesgo de aniquilación por la amenazada humanidad. Así que fue necesario para los judíos ocultar sus planes para la dominación mundial, para mantener a los no-judíos en el abismo de la inconsciencia antes de que se diesen cuenta de lo que pasaba.

El curso de la historia mundial deja claro que los judíos han tenido éxito en ocultar el gran peligro del judaísmo mundial para los no-judíos. Los judídos son maestros en el arte de desviar sospechas. Incluso han tenido éxito en compeler a los no-judíos a creer que los judíos han recibido una misión divina para salvar a la humanidad. Los judíos deben su tolerancia a la conquista espiritual de las gentes Arias que se convirtieron al cristianismo, que les posibilitó paso a paso a desarrollar sus planes de esclavitud. El mandamiento cristiano de amor fraternal que demanda de su adherentes incluso amar a sus enemigos, siempre ha resultado en una tolerancia suicida.

¡Pero no siempre!. La historia mundial da testimonio de que la voz de la sangre rompe la presa que retiene la voluntad para la autoafirmación racial y nacional. Durante mil años alzamientos populares han librado a la gente de sus torturadores. Pero estos alzamientos populares les faltaba un unificado liderazgo. Al final, los judíos quedaban siempre triunfantes. El Siglo XX tiene la tarea de salvar a la gente europea de tomar el último paso al abismo. Bajo el liderazgo del nacionalsocialismo, el despertado pueblo alemán está liderando Europa en una guerra total. Esta es un guerra total que dará el golpe mortal al torturador del mundo, el Panjudaismo.

Del “Purim”, podemos decir que es relativamente bien conocido por la historia, correspondiendo a un acto tipo carnaval que se realiza cada año en todo el mundo por los judíos, en especial por los más ortodoxos, desde hace ya unos 2.500 años ininterrumpidamente. El dios de los judíos, Jehová, es un dios que originalmente necesita proveerse “vampíricamente” de sangre animal… Pero al menos una vez al año requiere de un servicio extra: sangre humana, es decir, de no judío. En los tiempos antiguos esta provisión de sangre era asegurada por los judíos de todo el mundo en la oscuridad de sus secretos escondrijos y sinagogas, y más de una vez han sido descubiertos, en diferentes partes del planeta. Recordemos que los judíos primitivos adoraban al demonio Móloc, dios de esclavos en la antigüedad, que exigía sacrificios animales y humanos entre los que figuraban los primeros hijos de cada matrimonio judío. La arqueología ha demostrado esto. Aunque la Biblia recomienda no adorar a Moloc pero sí a Jehová, éste último le pide a Abraham una “prueba de fe” sacrificando para él a su primogénito tal como a los corderos. Puede que a fin de cuentas, Moloc y Jehová sean lo mismo. En definitiva, es esta ceremonia anual de sacrificios humanos la llamada “Fiesta de Purim”.

EL ORIGEN DE UNA FIESTA SANGRIENTA

Es frecuente que un pueblo desprestigie a su enemigo describiéndolo con características salvajes y sanguinarias, como sucedió con los conquistadores europeos que encontraban “caníbales” en todos los contienentes que pisaron: África, América, Asia y Australia. El describir a un pueblo como una raza bárbara y hostil, aficionada a práctidas de crueldad y criminalidad es una buena forma de ganarse adeptos y reclutar simpatías. Sin embargo, frente al tema judío y particularmente al Purim, parece que nos estaríamos encontrando frente a una situación completamente distinta y muy real. La Fiesta del Purim, propiamente tal, está descrita en la Biblia desde el grotesco Libro de Esther, texto que la Iglesia Católica ha canonizado y sacramentado con hipocrecía. En él puede leerse cómo una prostituta judía, Esther, consigue hacer con sus favores que el Rey Asuero, de Persia, de muerte al Primer Ministro Amán y sus diez hijos por ser un antijudío, colocando en su lugar a Mardoqueo, pariente de la Esther… Sin embargo, el relato continúa haciendo apología de la crueldad y de la muerte:

“… La Santa Esther no quedó todavía satisfecha y consiguió que el rey enviara carta sellada a todos los gobernadores ordenando que en cada ciudad fuesen a estar con los judíos y les mandasen juntarse todos a una y estuviesen apercibidos para defender sus vidas, y matasen y exterminasen a todos sus enemigos con sus mujeres e hijos, y todas sus casas y que saqueasen sus despojos…”. 75.000 sirios (hombres, mujeres y niños) murieron en aquella salvaje jornada de los días 13 y 14 “del mes de Adar”.

Tan alegre puso al judaísmo esta carnicería, que se instuyó la tradición de celebrar la masacre por la eternidad de los tiempos “con banquetes y convites”, con el nombre de Fiesta del Purim, o Fiesta de las Suertes. Con el tiempo, los judíos han asociado al Purim con otra de sus ancestrales fiestas llamada “Passover”, que también incluía muertes y derramamiento de sangre, al punto de que ya es difícil distinguir cuál es cuál y probablemente se practican en forma simultánea, haciedo ya que el Passover sea parte del rito del Purim. El Passover era otra fiesta que conmemoraba una masacre en masa de no judíos a manos de asesinos judíos, esta vez ocurrida en Egipto, aunque la superponen “oficialmente” al escape desde Egipto por Moisés. De hecho, todas las efemérides de este pueblo son celebraciones de asesinatos colectivos de “gentiles”. Pero el en Passover se incluía invariablemente el sacrificio de un niño, de preferencia con aspecto nórdico, rubio y de ojos claros.

Los ritos de sacrificio de vidas provienen de las razas más oscuras y siniestras del pasado, como algunas tribus negras y semíticas (mismas de las que surgió el culto americano del voodoo y las sectas de asesinos rituales de la diosa Kali) entre las que se aloja la creencia de que cada ser vivo es una “pila” de energía vital, la que se libera al ser sacrificado súbitamente, en especial si el ser aquel advierte que será muerto y entra en pánico, dentro de un triángulo o círculo dibujado sobre el suelo, que atrapa esta energía y la canaliza hasta el “vampiro divino” Jehová, sin energía propia, que sobrevive sólo a base de la energía apropiada desde otros seres. La sangre humana es la más apetecida, por su cantidad, calidad, valor, connotación moral y todo lo que encarne el ser que la posee. Los animales también poseen una espiritualidad básica, algo así como una semilla de un alma, pues también son seres etéreos que caen atrapados en la materia corporal. Por eso son el blanco de constantes sacrificios judíos. Se nota en la costumbre de las colonias judías de comer casi exclusivamente carne de animales sacrificados, degollados y desangrados, hábito del “koscher” que los ha llevado a instalar mataderos propios cuando la ciudad les pertenece, o en su defecto, instruyen a los mataderos locales a dar muerte a los animales con este procedimiento en vez de otros menos crueles, como los que se usaron con los miles y miles de corderos y bueyes sacrificados para la inauguración del Templo de Salomón, según la Biblia. Quizás de ahí provengan también algunos hábitos alimenticios de las tribus africanas como los famosos “massais”, para quienes la base de su dieta es la sangre que le sacan a su ganado vacuno por perforaciones hechas en la zona de la garganta.

Volvemos a insistir en que no pretendemos caer en la vanalidad de intentar asociar al judaísmo con la barbarie y la criminalidad como forma de desprestigio, pero inevitablemente nos encontramos con situaciones que parecen describir por sí solas algún oscuro sentido de ritualidad en el arquetipo judío, sumado a prácticas que en nuestra cultura occidental suenan horribles. Sólo como ejemplo preliminar: los estudiosos del hebreismo alegan que la prohibición ancestral de comer carne de cerdo se debe a que los antiguos judíos declaraban que “sabe y semeja a la carne humana”. La pregunta obvia sería entonces, “¿cómo lo sabían?”. Evitando suspicacias, vemos que junto con satisfacer así una necesidad de sangre, el Purim sirve para canalizar el odio criminal del talmudismo por el resto de la humanidad y que está muy bien expresado en algunos de los párrafos del Talmud que hemos analizado en el capítulo “La Conspiración Sionista Mundial” de nuestra página, y que reproducimos nuevamente a continuación:

“Al mejor de los no judíos, ¡matadlo!” (Aboda Zar, Thosephoth)

“El judío que derrame sangre de un Goyim ofrece a Dios un sacrificio agradable.” (Sepher Or Israel)

“Está permitido tomar el cuerpo y la vida de un Gentil.” (Sepher ikkarim III)

“Es la Ley matar a quien reniegue de la Torah y los Cristianos pertenecen a los detractores de la Torah.” (Coschen hamischpat, Hagah)

“Un Gentil hereje puede ser asesinado de inmediato por tus propias manos.” (Talmud Abodah Zara)

“Todo Judío que derrame la sangre de no Judíos, hace lo mismo que un sacrificio a Dios.” (Bammidber raba y Jalkut)

EL PURIM EN LA HISTORIA

La mentalidad de los blancos -y sobre todo los arios en general- ha sido ingenua casi hasta el límite de la torpeza frente a hechos tan descarados como el Purim, pues en su innata inocencia le cuesta creer y aceptar que exista en la Tierra un sentimiento religioso tan carnicero como el del talmudismo y que su valoración de la sangre sea tan fanática. Quizás algo de esta naturaleza criminal anunció Bram Stocker en su libro “Drácula”, al crear la leyenda del vampiro contemporáneo bebedor de sangre; su monstruo hematófago es casi una alegoría del judío, un cadáver sin alma que se alimenta de la energía de otros, representada en su obra como la sangre. Quizás por eso sea también que a los directores judíos le ha gustado tanto este personaje, al sentirse identificado con él pues les representa, abusando del tema a través del cine y la televisión hasta estrujarlo. Recordemos que Stocker era miembro de la “Golden Dawn”, secta secreta que tenía nexos con le Orden de Thule alemana, pilar del esoterismo del Tercer Reich. No es coincidencia tampoco que, en los últimos años, se haya extendido una subcultura “gótica” de vampiros (o más bien vampirófilos, personas que se creen y se comportan como tales) por Estados Unidos y Europa, integrada mayoritariamente por desviados sexuales y degenerados, es decir, seres vacíos e innaturales que, en su afán de parecer vampiros como los de las películas, beben sangre humana en pequeñas cantidades simulando una necesidad hematófaga. Mucha de la tradición “vampírica” tiene que ver con la cultura gótica y los relatos de criminalidad que nos llegan desde aquellos días de la Edad Media, en que la muerte ritual en manos de sacerdotes judíos ya era conocida y penalizada. Sobre el Purim, ya en el siglo XIII, el Rey Alfonso X, El Sabio, emitió la Ley II de la Partida VII en la que se lee lo siguiente:

“Y porque oímos decir que en algunos lugares los judíos hicieron y hacen el día Viernes Santo remembrando la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio, hurtando niños y poniéndolos en cruz y haciendo imágenes de cera y crucificándolos cuando los niños no pueden haber, mandamos que si así más fuere de aquí en adelante y algún lugar de nuestro Señorío, tal cosa así hecha, si se pudiere averiguar, que todos aquellos que se acertaron y en aquel hecho, que sean presos y recaudados y duchos ante el Rey y después que el Rey supiese la verdad, débelos matar habilitadamente, cuantos quiera que sean…”

Hay razones para creer, además, que los judíos se infiltraron entre los druidas de Inglaterra y Europa Norte, en tiempos remotos, introduciendo el culto sangriento que ellos inicialmene rechazaban, y entre los pueblos moro-semíticos, fomentando el sacrifico ritual de animales y la crueldad que los caracteriza en ello. Era, literalmente, una “exportación” del Purim. Grabados de Bosinger, en Hungría, muestran judíos en acciones bestiales que datan de 1509, con el sacrificio de un niño (rito Passover) al que, aún estando moribundo y desnudo sobre una mesa, cuatro conductores de la ceremonia le atravezaban la piel con tubos a través de los cuales le succionan la sangre. Otra ilustración, reproducida en esta misma fuente, muestra la ceremonia celebrada en Konitz el 11 de marzo de 1900, en la que se observa el sacrificio de un ciudadano llamado Ernst Winter, el cual fue degollado mientras tres fanáticos judíos sostenían su cabeza hacia abajo y recibían la sangre en un recipiente. Grabados de Polonia, como el aquí reproducido, exponen exactamente los mismos tipos de asesinatos.

En China se les vió en actividades similares, apodándoseles ya tempranamente como los “tiau-kiu-kiaou”, es decir, “sacadores de tendones”. Son los famosos “judíos chinos”, a cuyo ejemplo se recurre frecuentemente entre quienes intentan comprobar que los judíos serían una religión y no una raza. Marco Polo los vió en su viaje, hablando incluso de canibalismo por parte de los “magos” asesores del Emperador Kublay Kan, y se sabe que ellos inventaron las famosas torturas rituales conocidas como “suplicios chinos”. En América, los judíos negros de origen etiope, llamados “falashas”, introdujeron toda una religión sangrienta y necrófila en Haití y Jamaica, con sus famosos “zombies” y asesinatos rituales, cuyas prácticas y culpas involucraron incluso a importantes autoridades políticas. Por siglos el Purim se sigue realizando hoy como ayer y con sagrada continuidad, entre el febrero y marzo del primer trimestre de cada año, y excepcionalmente hasta dentro del mes de abril o junio. Siempre involucrará derramamiento de sangre de no judíos, y esta necesidad está tan metida en el arquetipo judaico que, practicamente, no hay forma de persuadirlo a desisitir de tal acción a pesar de los riesgos que pueda producirle el ser descubierto.

Ya ocurrió un bullado caso de abril de 1478, cuando a pesar de los roces con la Iglesia Española, en Sevilla los judíos decidieron realizar el Purim en plena Semana Santa, pues coincidía con otra de sus fiestas, la de “Seder” o Pascua Judía. Para suerte de todos, aquel día un joven muchacho español entró inadvertido a una de las juderías sevillanas en busca de una amiga judía, por la que se sentía atraído, quedando horrorizado al entrar a una de las habitaciones y descubrirlos en plena celebración. Jamás se supo públicamente o con claridad la escalofriante escena que dejó al muchacho con un shock de terror, pero los pocos que conocieron su testimonio fueron religiosos que lo utilizaron como argumento para inciar la Sagrada Inquisición Española. El muchacho les entregó su descripción de los hechos a pesar de que podrían prejudicar incluso a su amada chica judía.

Poco después, en 1490, los judíos vuelven a celebrar su Purim a pesar de las advetencias y restricciones, en un famoso caso de infanticidio conocido como la muerte del “Santo Niño de la Guardia”, lo que indigna a la corona española y a la Iglesia, hecho detonante de su expulsión defintiva dos años después. Muchos cronistas confirman la veracidad este hecho en sus escritos. Un hecho similar había provocado la explusión de los judíos desde Inglaterra, en 1290, cuando Eduardo I estalla en ira al comprobarse la muerte ritual de manos judías en sus celebraciones. En aquellos tiempos, la víctima solía ser un niño, generalmente con características arias, martirizado y sacrificado durante la fiesta, fecuentemente en una emulación grotesca de la crucifixión de Cristo, cuya sangre era derramada sobre panes y pasteles con forma de plato que después eran devorados en un festín repulsivo. Aún hoy en día, en las fiestas de Purim realizadas en forma “oficial” y sin sacrificios públicamente visibles, los pasteles de la celebración, hechos por los panaderos judíos, mantienen esa forma cóncava, como de orejas, hechas así para recibir la sangre que escurría en los sacrificios y en representación de un oído humano, como parte de esa misma morbosidad canibalística, llamándoles “Orejas de Amán”.

Durante la peregrinación de Su Santidad el Papa Juan Pablo II a Israel, en Marzo del 2000, a pesar de todas las cercanías de este pontífice con el judaísmo, un grupo de judíos ultraortodoxos realizó un grosero y chocante ritual nocturno de origen milenario, para “maldecirlo” mientras estuviera en Israel, “por ser un cristiano y odiar a Israel”. Esta ceremonia fue grabada con cámaras y documentada periodísticamente, resgistrando los rostros de importantes rabinos allí presentes y demostrando por enésima vez el oscuro y siniestro origen de la verdadera religiosidad judeo-talmúdica, casi de Magia Negra. A penas fue mostrada por algunos medios de comunicación, siendo quizás una de las pocas veces que los no-judíos hayamos tenido la oportunidad de observar algo parecido a las mismas ceremonias que los judíos realizaban en sus escrondrijos durante la Edad Media.

Estas ceremonias tienen todo el estilo y “estética” de los rituales satánicos de las películas y la literatura popular, que la iglesia confundió con “luciferismo” en su miopía que le llevó a meter en el mismo saco de “herejes” a judíos y paganos por igual. De hecho, es una costumbre judía la del escurrimiento de sangre y otros fluídos corporales durante los ritos, como secreciones sexuales, cinematográficamente representados en sacrificos humanos y sexualidad ritual desenfrenada de ritos satánicos. Con el pasar de los años, sin embargo, y ya que la Iglesia Española estaba cada vez más infiltrada por los judíos a través de los marranos conversos al cristianismo (haciéndola cada vez más parecida a la actual Iglesia Vaticana) y comprometida con ellos a través del negociado de la Conquista de América, la Inquisición cayó en manos de los propios judíos que perseguía, convirtiéndose en una de las herramientas más efectivas para garantizarse una celebración del Purim, misma que destruyera a los Cátaros, Templarios y alquimistas. Fue en este período que la inqusición adquiere su máximo carácter criminal con que ha pasado a la historia, quizás erradamente, pues las conocidas prácticas de tortura y confesión forzada eran en un principio sólo acciones escepcionales, y muchas de las llamadas “quemas” se realizaban en efigie, es decir, con una representación del inculpado. Otros judíos marranos, como el propio Tomás de Torquemada, también ejercieron la inquisición como la herramienta de muerte con que ha pasado a la historia, con castigos del mismo tipo en donde no había forma de demostrar inocencia: una mujer amarrada de pies y manos era arrojada al agua para ver si se ahogaba, en caso de ser bruja, o “flotar”, si no era culpable. No se tiene ningún registro de alguna “inocente” que haya flotado.

LAS “CARNICERIAS PURIMICAS” DEL MEDIO ORIENTE

Con las trabas de las legislaciones y la estructura de las sociedades actuales, el judío ya no puede realizar los sacrificos oficiales del Purim abiertamente como ayer, así que en nuestros días la fiesta se sigue celebrando por las fuerzas sionistas-talmúdicas más bien de modo encubierto, disfrazándolas de guerras, masacres de civiles, magnicidios, muertes accidentales, bajas de guerra (como los bombardeos de la ONU a Yugoslavia), suicidios masivos de sectas fanáticas (en la que siempre el líder que da la orden de matarse desaparece) y situaciones sociales de conflicto incontrolables, como lo hemos indicado, entre fines del primer trimestre de cada año y hasta principios del segundo, período en que la crónica roja mundial de los diarios se llena de hechos de sangre. Basta ver los períodos de cada año y comparar los meses señalados con el resto para advertir de inmediato algo raro. Esto no quita, sin embargo, que el judío aproveche determinados apisodios sociales o circunstancias históricas para desplazar la fiesta hasta otras “oportunidades” que le ofrezca el medio, como fue la Masacre del Seguro Obrero en Chile, el Circo de Nüremberg en Alemania, la Masacre de los 5.000 estudiantes de la Plaza de Tiananmen en China (ordenada el 4 de junio de 1989 por los actuales judíos chinos o “tiau-kiu-kiaou” del gobierno chino para celebrar su reacercamiento a Rusia), etc., variado con ello el calendario del Purim de vez en cuando, especialmente con víctimas del mundo árabe por las posibilidades políticas que ofrecen estos territorios y por su eterna enemistad con el mundo judío y en las que simpre hay connotaciones rituales en la forma en que se dan las muertes.

Los ataques de Israel a los países islámicos suelen ser entre marzo y abril de todos los años. El ataque estadounidense ordenado por el Pentángono -en complicidad con la judería británica- a las ciudades libias de Bengazi y Trípoli, tuvo lugar el 14 de abril de 1986, matando civiles y siendo cruelmente ejecutados en horas nocturnas, para incrementar el daño. En 1990 los rusos atacan cruelmente Azerbaiyán durante el mes de enero. Ese mismo año, entre enero y marzo, es provocada por oscuras manos en el Líbano una guerra entre cristianos y musulmanes, culminando con más de 800 muertos. Entre enero y febrero de 1991 los norteamericanos atacan y bombardean Bagdag so-pretexto de la liberación de Kuwait… Etcétera. Y, aunque en otras fechas del primer semestre, por ese sentido ritual van además acciones criminales como la Guerra de los Seis Días provocada por Israel contra Egipto en de junio de 1967. Fue el 31 de julio de 1987 que se ordenó en Arabia Saudita el ataque y muerte de 402 peregrinos chiítas iraníes que viajaban a La Meca y el 3 de julio de 1988 los norteamericanos derriban “por error” un avión comercial iraní sobre el Golfo Pérsico asesinando a todos sus pasajeros.

Desde principios del siglo XX la carnicería del Purim seguía claramente. Como en la masacre de los bombardeos de Dresden, el uso de napalm contra escuelas y poblados del Líbano son episodios que forman parte de las oportunidades del Purim, en los que el fuego tiene una fuerte presencia, el “fuego holocáustico”. Más tarde lo serán los asesinatos de Palestinos con disparos en la cabeza en sus mezquitas, impunes asesinatos con las archiprohibidas bombas químicas de sirios refugiados en campos del Líbano, los bombardeos sobre las ciudades de Iraq, los ataques de la Unión Soviética a Etonia y Lituania en enero de 1991, etc. Otro cruel Purim fue celebrado también por los israelíes el 16 de febrero de 1992, cuando atacan con un helicóptero la caravana del jeque Al-Musawi, al Sur del Líbano, asesinándolo a él, a su familia y a sus hombres de seguridad (exactamente el mismo día, pero del 2001, tuvo lugar el injustificado ataque de Estados Unidos y la OTAN contra barrios civiles de Irak, iniciando así las actividades el flamante presidente George Bush hijo).

Un impactante y descarado Purim tuvo lugar el 25 de febrero de 1994, cuando el funcionario del ejército israelita Baruch Goldstein, un judío ortodoxo, ejecutó una matanza que culminó en la muerte de 40 palestinos -adultos y niños- que yacían arrodillados pacíficamente en oración en una mezquita de Jerusalén. Goldstein era un discípulo del Rabí de Brooklyn, Meir Kahane, quien lo excusó ante los noticiarios de la CBS, alegando que su enseñanza le decía que los árabes eran “perros”, según se deriva del Talmud. (CBS 60 Minutos, “Kahane”). Desde la Universidad de Jerusalén, el profesor judío Ehud Sprinzak describió así a Kahane y a la filosofía de Goldstein: “Creen que es LA VOLUNTAD DE DIOS que cometan violencia en contra del goyim, un término hebreo para el no judío.” (NY Diary News, Feb. 26, 1994, p. 5). El francotirado fue alcanzado por la turba palestina y le dieron muerte en el lugar. Por su prontuario, el asesino fue enterrado fuera de Jerusalén, pero su tumba se convirtió en un verdadero santuario de peregrinación para miles de asquerosos judíos ortodoxos, que llegaban al lugar a poner piedras de homenaje y a besar su lápida mientras repasaban la Torah. Afortunadamente, tan mala fama le estaba dando este lugar a Israel y a sus negociaciones de paz con los árabes que en los últimos días de diciembre de 1999, el Gobierno de Israel dio la orden de demoler la tumba con maquinaria pesada ante la histeria de los familiares Kahane y sobre todo de los seguidores Goldstein, que llegaron al lugar intentando frenar la destrucción del maldito sepulcro.

El principio de estos hechos en un odio activo hacia el no judío, hacia el ser humano, que hemos descrito ya como “milenario”, a juzgar por los contenidos del Talmud. Prueba de ello es que los Israelitas anualmente realicen una peregrinación masiva a la tumba de Simon ben Yohai, para honrar este rabí que defendió el exterminio de los no judíos y emitió una famosa frase talmúdica del Soferim 15, Regla 10: “Tob harog of goyim shebe” ( “Al mejor de los gentiles debe matársele”). No sólo hay una valoración del personaje, sino que además de su enseñanza llena de odio y crueldad. Así se explica que el rabí de Yitzhak Ginsburg declarara: “tenemos que reconocer sangre judía y la sangre de una goy (no judío) no son la misma cosa.” (NY Times, el 6 de junio de 1989, p.5) y el rabí Yaacov Perrin, unos años más tarde: “Unos cuántos millones de árabes no valen ni una uña de un judío.” (NY Dairy News, Feb. 28, 1994, p.6).

FAMOSOS CASOS DE PURIM CONTEMPORANEOS

La sangre de un ser sin alma, sin energía vital, no le sirve al Purim: los delincuentes, los asesinos, los degenerados y los “vampiros” que de vez en cuando aparecen entre los nacimientos de los no judíos (por no operar ya la selección natural entre los seres humanos) y toda la escoria más baja de una sociedad no es beneficiosa para un Purim; sí lo serán los inocentes que caigan en sus manos… Es por eso que, donde quiera que estén en el mundo, los judíos sionistas simulan ser filántropos defensores de la vida, pacifistas y contrarios a la pena de muerte. A pesar de todo, durante la época contemporánea aún se realizan aisladamente algunos sacrificios humanos de Purim al estilo del que se realizaba en tiempos remotos, con una víctima que es secuestrada y torturada hasta morir con prácticas increíblemente sádicas -casi psicopáticas- en donde es frecuente lo que podríamos llamar la “muerte con marca en el cuello”, ya sea por degüello (como en los asesinados de Nüremberg) o por estrangulamiento.

En gran medida, los “horrores” inventados por los fanáticos judíos en torno a la fantasía del “Holocausto” son una exteriorización de su propio subconciente e inconciente colectivos, sedientos de sangre, horror y muerte, pues además, muchas de las supuestas “torturas” que describen como habitués de los “Campos de Exterminio” son prácticas frecuentes en sus Purim. El asesinato a sangre fría de los oficiales polacos en los bosques de Katyn fue un gran Purim ejecutado por los comisarios rusos del ejército rojo, todos ellos judíos, a pesar de que por años se trató de culpar a los alemanes de este horrible hecho, hasta que la verdad se impuso…

Actualmente, pueden verse aún ejemplos de estos sacrificios jehovíticos. En Polonia, por ejemplo, los judíos “chassidim” practicaban fanáticamente, desde tiempos remotísimos y con toda impunidad, la vieja usanza del Purim, con sacrificio humano directo y todo, siendo muy probable que aún lo hagan de un modo parecido. Así nos explicamos que el papa polaco, Juan Pablo II, haya declarado que los cristianos eran “hermanos menores de los judíos”, ciertamente lacayos muchos de ellos (lo que nos recuerda una leyenda medieval judía según la cual, algún día, llegaría a la casa del Vaticano un papa judío, llamado “Elhanan”) sin que jamás haya alzado su sacrosanta voz contra las masacres de árabes de todos los años por parte de sus hermanitos mayores que lo maldijeran ritualmente en Israel. Aún se recuerda, además, la triste muerte del hijo del coronel Charles Lindbergh, famoso por haber atravezado el Atlántico de un continente a otro a través de su avión “Espíritu de San Luis”, por primera vez en la historia. Lindbergh era un ferviente partidario del nazismo alemán y declaró en varias oportunidades su antijudaísmo. Del mismo modo, su padre se oponía a la creación de la Federal Reserve Banking Sistem, fundada por los mismos judíos que financiaron la Revolución Rusa. El resultado final: el hijo de Charles Lindbergh fue secuestrado el 1 de marzo de 1932, y aparece muerto después del Purim de ese año, celebrado el 22 del mismo mes. Lindbergh siempre sospechó que la muerte de su hijo había sido realizada por judíos, al igual que lo creía la policía, siguiéndole los pasos a una banda de mafiosos judíos liderados por uno de apellido Fleischer. Sin embargo, de súbito apareció como culpable un tal Hauptmann, de origen alemán, que fue ajusticiado sin evidencias concluyentes de su participación en un crimen que, por sus características, era imposible que hubiera sido realizado por un solo hombre.

En 1932, el mismo año de la muerte del hijo de Lindbergh, un judío llamado Moritz Kaspar fue condenado a sólo 15 años de cárcel al confesar, ante la evidencia en su contra, que había asesinado ritualmente a la ciudadana Martha Kapar, como parte de un Purim… Sesenta y cinco años más tarde, en 1997, las cosas no han cambiado: el joven judío de 19 años Samuel Sheinbein, celebró su propio Purim secuestrando, asesinando y picando en pedazos a un adolescente de Maryland, para luego escapar de la justicia a Israel, ya que la Nación Judía se permite violar todas las leyes de estradición y extraterritorialidad legislativas fijadas en la Convención de Ginebra, sin que nadie se moleste por ello; y sólo luego de dos años de presión por parte de las autoriades y fiscales de Estados Unidos, el judío asesino confeso recibió una condena de sólo 24 años con posibilidad de salir a los 16. Así, pruebas hay en todos lados y a lo largo de toda la historia.

Rudolf Hess es otro ejemplo. Era ya un anciano el llamado “Preso N° 7” cuando una mañana salió de su celda seguido de un gendarme, a dar su diaria vuelta por el patio de Spandau, como hacía 45 años lo venía haciendo. Hess era el único capaz de revelar los detalles de las psicotorturas y drogas utilizadas en la prisión, que ya había anunciado en parte con anterioridad, y una luz de libertad se filtraba hasta su celda, pues el canciller Kohl había enviado una carta, poco antes, a Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Mikhail Gorbachev suplicando la liberación del anciano prisionero, además de las insistencias. Se esperaba entonces una respuesta… Pero Inglaterra tenía mucho que perder, pues Hess además poseía los argumentos de un siniestro secreto, que pone al Reino Unido más cerca del Tercer Reich que de los aliados, y como protagonista de una tremenda traición. ¿Cuál era ese secreto?. Hess se lo llevó al morir víctima de un Purim, ese día. En un descuido, el vigilante lo habría perdido de vista para encontrarlo más tarde colgado de un cable dentro de una de las bodegas, con un nudo en el cuello que sus ya seniles manos nunca habría podido realizar. Había sido asesinado también con la “marca en el cuello”, como las marcas de los vampiros, existiendo evidencia de que incluso terminó de ser ejecutado en la ambulancia qe lo llevaba al hospital con pequeños signos de vida. Poco después, en las calles de Berlín apareció un cartel diciendo:

“RUDOLF HESS HA MUERTO… ¡AHORA ES LIBRE!”

Otro detalle importante en la rirualidad judía es la constante connotación de “perdón” del resto de las fiestas que celebra durante el año: perdón de todos sus pecados, de todas sus crueldades y de todos sus asesinatos, expresado principalmente en el Día del Perdón o “Yom Kippur”, en que, por paralizar las actividades, cierran prácticamente todas las multitiendas y centros comerciales del mundo para que sus jefes judíos puedan retirarse y perdir perdón a Jehová durante el aniversario de una de sus victorias sobre los árabes, a principios de octubre de cada año. Allí oran en ayuno los versículos de la Torah y “traspasan” todos sus pecados a algún animal que posteriormente será sacrificado con degüello y desangramiento, para luego ser quemado. Así, el hipócrita judío queda “limpio” de toda culpa, y listo para reiniciar sus crímenes anuales, expresados en plenitud el día del Purim. Así, como lo gritara Streicher esa tarde, el Sionismo sí celebraba otra de sus Fiesta del Purim en Nüremberg.

FUENTE:  post copiado de www.europans.org

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4 comentarios to “nurenberg: odio vesánico”

  1. Los números de 2010 « fuegofrío es Y R A N I A Says:

    […] nurenberg: odio vesánico febrero, 2010 5 […]

  2. Or-Grund Says:

    MAS BASURA ANTISEMITA
    NEUREMBERG= JUICIO DE DIOS
    “entonces dijo Ester: Si place al rey, que MAÑANA tambien se conceda a los judios que estan en Susa hacer conforme al edicto de HOY; y que LOS DIEZ HIJOS DE AMAN sean COLGADOS EN UNA HORCA”
    Ester 9:13
    Julius Streicher lo entendio, por eso dijo “purim” antes de ser ahorcado, solo que lo entendio demasiado tarde.
    DIOS JUZGA Y CASTIGA; lo hizo con los amalecitas, con faraon, con nabucodonosor, con hitler y lo hara siempre SIEMPRE que alguien toque a su pueblo!

  3. elqueleesabe Says:

    Lea el Antiguo Testamento detenidamente y respondase Ud mismo después ¿qué les ocurrió a todos los pueblos que habitaron Canaan y fuero vecinos de los hebreos?

  4. Click Here Says:

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