¿Por qué Günther Grass se atreve a hablar?

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No deja de ser extraño que diarios como “El Pais”, de Madrid, y “Süddeutsche Zeitung”  se hagan eco de las últimas declaraciones fdel premio Nobel alemán Günther Grass en relación con la tensión política entre Israel e Irán.

Sobre este tema merece reproducirse lo que el blog FILOSOFíA CRíTICA escribe:

La verdadera significación del poema es la de señalar, como un hito en el tiempo histórico, el comienzo de una nueva época: indicio, discreto pero cargado de futuro, de aquello que se avecina, a saber, la radicalización del nacionalismo judío de extrema derecha, el desenmascaramiento del Estado de Israel y el despotismo desvergonzado del poder oligárquico. Éste, empero -y tal fenómeno forma parte también del inequívoco signo de los tiempos- va a ser contestado masivamente en todo el mundo, incluso en Alemania. De manera que, por primera vez, se pondrá en cuestión, con clamor cada vez creciente, el relato historiográfico académico en que se legitima la plutocracia transnacional enquistada en los gobiernos occidentales desde 1945.

1/ Grass acaba de salir en defensa de un régimen que niega el holocausto. En circunstancias “normales”, este simple estigma -el negacionismo- bastaría para ignorar y desmentir cualquier pretensión, válida o no, procedente de Teherán, a lo que se añade que Grass no es negacionista. Recordemos que, en materia de “fascismo”, el sistema oligárquico funciona no obstante mediante el mecanismo del contagio simbólico: si usted conoce a un “nazi” (=criminal) y le saluda por las mañanas en la panadería, usted es sospechoso de nazismo. A un “nazi” hay que hacerle el “vacío”, acuar así es lo obligado y políticamente correcto.

Recordemos el caso Kurt Waldheim o las amenazas a Austria, por parte de la Unión Europea, si Haider llegaba a la presidencia de la nación (!democráticamente!): todo el país iba a ser objeto de exclusión estigmatizante. El tema del holocausto es “sagrado”, literalmente, para el sistema. La Shoah se ha erigido en religión de la oligarquía asesina que nos gobierna y quizá uno de los últimos coletazos del dogma consistirá -algún día- en modificar la cronología histórica para colocar a Auschwitz, en lugar del nacimiento de Cristo, como año cero de nuestra era. Pasaremos, con toda lógica, del judío hijo de Dios a la victimizada etnia judía como tal en tanto que “pueblo divino”. No obstante lo cual, Grass “le ha dado la razón a Irán”. ¿Y quiés es Grass? Por una parte, un Premio Nobel, que no puede en cuanto tal ser desautorizado tan fácilmente, a pesar de los insultos; por otra, un alemán miembro, convicto y confeso, de las Waffen SS.

2/ El caso Grass ilustra que pudiérase haber militado en la SS sin devenir, al mismo tiempo, necesariamente, un criminal. Ahora bien, en el juicio de Nüremberg la SS en su conjunto fue declarada organización delictiva: todos sus miembros, de forma automática, pasaban a ser, por tanto, reos penales independientemente de su actuación individual concreta. Sabemos que Grass, como otras decenas de miles de SS, no cometió crimen alguno, excepto luchar por su país en una guerra declarada a Alemania por Inglaterra y Francia.

Los SS eran hombres como nosotros, no demonios: en Grass tenemos la prueba, la escandalosa evidencia de la irracionalidad del estigma. Al final del conflicto se acusó nada menos que a todo el pueblo alemán, castigado expresa y abiertamente con un genocidio que, como poco, exterminó a 8 millones de personas: no se trataba sólo de condenar al régimen hitleriano, sino de suprimir para siempre a los alemanes como tales. Y esta decisión -fruto de una secular germanofobia occidental– no sólo se tomó y ejecutó sin que hubiérase levantado un solo edificio en una localidad de Polonia denominada  Auschwitz, sino que (y con ello resumo la principal aportación de este blog a la reflexión sobre este tema decisivo) desencadenó el pogrom denominado “holocausto” (en la media en que existió una realidad remotamente parecida, insisto en ello una vez más, a aquéllo que Hollywood relata sobre la Shoah):

La población de Alemania, con exclusión de los territorios conquistados o anexionados, es de unos 70.000.000 de habitantes, repartidos a partes iguales entre machos. Para llevar a término el proyecto de eliminación total de la raza germánica sólo habría que esterilizar a unos 48.000.000 de personas, cifra que excluye, en virtud de su limitado poder de procreación, a los hombres de más de 60 años y a las mujeres de más de 45. / Desde luego, después de la completa  esterilización, cesará la tasa de nacimientos en Alemania. Con una tasa normal  de defunciones del 2% anual, la vida alemana disminuiría en 1.500.000 vidas  anualmente. Por consiguiente, en un lapso de tiempo de dos generaciones, que  cuesta millones de vidas y siglos de esfuerzos inútiles, a saber, la eliminación  del germanismo y sus portadores, habrá sido un hecho consumado (Alemania debe perecer, [Germany must perish], Kaufman, T. N., inscrito en la Biblioteca del Congreso de EEUU el 28 de febrero de 1941).

Esta era un percepción compartida, antes de que se pudiera hablar siquiera de holocausto, por estadistas como Churchill, quienes durante y una vez ya terminada la Primera Guerra Mundial (!el nazismo no existía!), pusieron en práctica el método de la masacre civil masiva mediante bloqueo naval y hambruna, con millones de víctimas civiles alemanas. El arma del hambre, más que la esterilización (aunque las autoridades de ocupación también esterilizaron a ciudadanos alemanes, según hemos podido saber por familiares nuestros de esa nacionalidad), fue asimismo el sistema utilizado tras la Segunda Guerra Mundial para exterminar a millones de civiles y prisioneros desarmados. Tanto el nacimiento del nazismo como el holocausto son inseparables de estos facta previos, de la misma manera que el fascismo en general, como fenómeno reactivo, constituye la consecuencia, y no la causa, de las atrocidades del comunismo en Rusia. Con los años, se ha ido estableciendo, por la misma lógica de las cosas, una distinción entre alemanes y nazis que, alarmada la judería militante, el libro de Daniel J. Goldhagen Los verdugos voluntarios de Hitler intentó difuminar de nuevo, pues si todos los alemanes no eran asesinos, entonces los enormes crímenes contra la humanidad perpetrados contra ese pueblo pasaban a ser delitos en toda regla, merecedores de un juicio equivalente al de Nüremberg. Quienes debían ser imputados y condenados eran ahora los vencedores.

Por no hablar del Estado de Israel el día en que se admitiera “oficialmente” la realidad de la Nakba. Sin embargo, sólo de forma muy tímida parecía estarse dando la siguiente vuelta de tuerca en el avance de la tozuda verdad: que no todos los nazis eran antisemitas furibundos, que incluso hablando de cuerpos de élite del régimen como las SS, se podían encontrar decenas de miles de militares que no habían cometido ningún delito. Ejemplo: Günther Grass. El escritor encarnaba ya la negación del dogma con su misma existencia. Hogaño, gracias al poema de marras, este implícito elemento explosivo, que ha permanecido latente a lo largo de años, explota de forma imprevista y nos muestra la realidad tanto tiempo ocultada. Un alemán, un ex SS, se solidariza con un régimen amenazado por Israel y, además, por si fuera poco, con un régimen que niega el holocausto. Toda la Alemania del plan Morgenthau, las fosas del sionismo y del antifascismo repletas de cadáveres olvidados que ningún juez-payaso Garzón pretendería exhumar, hablan a través de Grass; y, con Grass, habla también a la postre la entera humanidad oprimida, humillada, pisoteada por la oligarquía, por esa insultante pretensión del pueblo elegido -objetivada en la Nakba– en tanto que raza supuestamente superior.

3/ La tercera cuestión que se nos plantea es la extremada dependencia del régimen oligárquico transnacional respecto de la narración oficial del holocausto. Es un tema al que ya me he referido en otras ocasiones en este blog pero que escándalos como el poema de Grass ilustran a la perfección. La pregunta sería la siguiente: ¿podría resistir la oligarquía una deslegitimación de su “relato mítico fundacional”? En mi opinión, la existencia de leyes que persiguen la libre investigación de la historia en perfecta contradicción con todos los principios de libertad de expresión, de producción científica y de difusión de información, demuestra que no. Por este motivo, cuando (me) preguntan cómo se puede derrotar a la oligarquía y alguien sugiere que el camino no puede ser otro que la violencia, tengo que, en mi opinión, corregirlo. Ninguna fuerza material puede derrotar a la oligarquía: en estos momentos el abismo tecnológico que separa la mera suma física de todos los habitantes del planeta (excepto los oligarcas, claro), y esto en el mejor de los casos, de la capacidad de destrucción de los gobiernos oligárquicos, es tan enorme, que queda descartada la noción clásica de revolución.

Creo, como ya he sugerido -pero es sólo una suposición- que Grass ha venido sufriendo una lenta conversión espiritual que se ha acelerado con la proximidad de la muerte. Es la finitud la que le fuerza a pronunciarse, siendo así que no puede abandonar este mundo como un hipócrita mentiroso. Nosotros debemos, salvando las distancias, hacernos las mismas preguntas. Sabemos y hemos demostrado ya aquí, en esta misma bitácora Filosofía Crítica, que la narración oficial del holocausto es un fraude, una impostura al servicio del racismo y del estamento político más criminal que la historia registra –hecho que, por otro lado, no abona la validez del fascismo-. Tenemos que avanzar por ese camino. Tal vez podremos, algún día, sentar en el banquillo de los acusados a los genocidas que nos gobiernan, y quizá lo hagamos, además, sin disparar un solo tiro.

Jaume Farrerons
9 de abril de 2012
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Una respuesta to “¿Por qué Günther Grass se atreve a hablar?”

  1. http://neatsol.net/?p=10 Says:

    Hi, this weekend is fastidious designed for me, since this moment i am reading this wonderful educational
    paragraph here at my residence.

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