la 2ª guerra mundial fue declarada por Londres y Paris

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Es un hecho jurídico incontrovertible. El 1 de Sept. de 1939 Alemania intenta recuperar territorios alemanes, como Dantzig, que en ese momento están ocupados y bajo soberania de Polonia. Inmediatamente después Londres y Paris dan un ultimatum a Berlin para que retire sus tropas en el plazo de unas horas. Si no se produce la retirada Londres y Paris se consideran en estado de guerra contra el III Reich.

Sobre este tema, nos parece muy interesante reproducir un post que se acaba de publicar en el blog FILOSOFIA CRíTICA. Este es  su texto íntegro:

Al hilo de los crímenes contra la paz perpetrados supuestamente por Alemania y así juzgados y condenados en Nüremberg, convendría, en primer lugar, plantear la siguiente pregunta: ¿quién desencadenó el conflicto? Para el gran público es evidente que fue Adolf Hitler. Él ordenó, en efecto, la invasión de Polonia en coherencia con un diabólico plan expansionista de alcances mundiales. Sin embargo, los hechos no concuerdan con esta visión popular inducida por Hollywood, el “mundo de la cultura” y los medios de comunicación. Me basaré para sostener semejante afirmación en el relato de Eric Hobsbawm, un historiador antifascista que, no obstante, debe reconocer lo siguiente:

Por su parte, los políticos realistas, partidarios del apaciguamiento, mostraban una falta total de realismo al evaluar la situación, incluso en 1938-1939, cuando cualquier observador atento comprendía ya que era imposible alcanzar un acuerdo negociado con Hitler. Eso explica la tragicomedia que se vivió durante los meses de marzo-septiembre de 1939, que desembocó en una guerra que nadie deseaba, en un momento y un lugar que nadie (ni siquiera Alemania) quería y que dejó a Francia y Gran Bretaña sin saber qué era lo que, como beligerantes, debían hacer, hasta que fueron barridas por la Blitzkrieg (Hobsbawm, E., Historia del Siglo XX, Barcelona, Crítica, 1995, p. 160).
Si nadie quería la guerra, ¿cómo pudo estallar? Más concretamente, si no la quería “ni siquiera Alemania”, ¿en qué se basan las acusaciones de la página 44 de la misma obra, donde Hobsbawm, contradictoriamente con lo dicho en la página 160, sostiene lo siguiente?:
Si se pregunta quién o qué causó la Segunda Guerra Mundial, se debe responder, con toda contundencia: Adolf Hitler.
“Contundencia”, pero añadiendo a continuación:
Ahora bien, las respuestas a los interrogantes históricos no son tan sencillas.
Está claro que Hobsbawm “torea” aquí con un dogma político: no puede negar la “fe moderna”, pero en tanto que historiador es perfectamente consciente de que se trata de eso, de un “postulado” preteórico compartido “con raras excepciones” por todo “historiador sensato”. ¿Sensato con respecto a qué, a su carrera profesional, quizá? Ya conocemos cuál ha sido el destino de Pío Moa como consecuencia de cuestionar ciertos dogmas sobre la Guerra Civil Española, en los que algún día entraremos. Para cualquier persona “sensata”, precisamente, la afirmación de que Hitler fue el causante de la guerra y de que Hitler no quería la guerra cuando ésta se desató (y fue declarada, pero no por Alemania, sino por Francia e Inglaterra) son contradictorias y forman parte del mismo tipo de misterios que la  famosa “singularidad de Auschwitz”.
Para salir del apuro, Hobsbawm sostiene que Hitler “se equivocó en sus cálculos” y “los estados occidentales le declararon la guerra” (p. 160). Así, Hitler provocó la guerra aunque no la quería, y las potencias occidentales “declararon la guerra” pero no la provocaron. El historiador se ve forzado a hacer equilibrismos dignos del doblepensar de Orwell. La “explicación” de Hobsbawm concluye así:
La ocupación alemana de Checoslovaquia en marzo de 1939 fue el episodio que decidió a la opinión pública de Gran Bretaña a resistir al fascismo.
!La opinión pública de Gran Bretaña decidió resistir al fascismo! No suena muy convincente esta narración de los hechos cuando incluso el propio Churchill, el más belicista de los líderes ingleses (y debía de serlo más que, como poco, las amas de casa de la isla) consideraba que el fascismo representaba un baluarte contra el comunismo y había elogiado al régimen de Mussolini en abundantísimas ocasiones. La motivación de “resistir al fascismo” resultaría aceptable atribuírsela a un antifascista de extrema izquierda, pero no a la prudente y conservadora “opinión pública” de un país mercantil como la Gran Bretaña. En suma, de acuerdo con la fábula de Hobsbawm, el belicismo inglés obligó al gobierno de Londres y éste arrastró al de Paris:
A su vez, ello forzó la decisión del gobierno británico, hasta entonces remiso, y éste forzó a su vez al gobierno francés, al que no le quedó otra opción que alinearse junto a su único aliado efectivo. Por primera vez, la lucha contra la Alemania de Hitler no dividió, sino que unió a los británicos, aunque todavía sin consecuencias.
!Sin consecuencias nada menos que el desencadenamiento de una guerra  mundial! Una guerra no querida por nadie, sólo por masas inglesas convertidas de repente al antifascismo (discurso staliniano) de las Brigadas Internacionales! Quisiera saber cómo se documenta, cómo se demuestra que el pueblo británico quiso la guerra contra Alemania para “resistir al fascismo”. Sólo pido alguna prueba de semejante pretensión. ¿De qué manera, además, “lo supo” el gobierno británico? ¿Acaso encargó una encuesta? ¿Se guió por los titulares de los periódicos? ¿Vamos a confundir la opinión pública con la “opinión publicada”? Se nos cuentan fábulas pero ya no estamos de humor para la habitual tomadura de pelo de los “intelectuales”.
No se puede negar que en la doctrina política de Hitler detectábase nítidamente el proyecto de invadir Rusia y erradicar el comunismo, pero Inglaterra era precisamente el primer país que podía contemplar semejante ideario como una garantía de que los bolcheviques no extenderían por toda Europa sus atroces y, estos sí, declarados planes de exterminio, ya suficientemente acreditados, con 13 millones de víctimas, por las mismas fechas en que Alemania se anexiona Checoslovaquia e invade Polonia. Sobre el imperialismo y colonialismo alemán conviene añadir que tampoco eran potencias coloniales como Inglaterrra y Francia las instancias más apropiadas para crititar a Hitler por su aspiración de aplicar al Este de Europa aquello que los ingleses y los franceses llevaban siglos practicando en Africa, la India y el mundo entero. Y era el racismo contra los pueblos de color y la explotación económica más descarada de los países coloniales, y no los “derechos humanos”, aquello que sustentaba los imperios británico y francés. Unos imperios conquistados, conviene, en fin, recordalo también, a cañonazo limpio y no a base de repartir confetti entre los indígenas. ¿Había algo que reprocharle a Alemania -país harto retrasado en el reparto de la tarta planetaria- que esta castigada nación no hubiese aprendido, con sangre o sin ella, de Gran Bretaña, Francia, Rusia y Estados Unidos? ¿O es que el imperialismo y el racismo sólo son “perversos” cuando cuando ostentan signo germánico y amenazan los intereses hegemónicos racistas e imperialistas de Londres, París y Washington?
Por tanto, con respecto a la ideología geopolítica de Hitler, cabe afirmar de forma contundente que no se diferenciaba, en lo fundamental, del imperialismo occidental, y que no pudo ser la “causa” unilateral de la Segunda Guerra Mundial porque, compartida por todos los países europeos, incluida la pequeña y genocida Bélgica, estaba bien lejos de caracterizar a Alemania. ¿Dónde ha sido demostrado que la invasión de Polonia pueda definirse como el primer paso hacia una guerra mundial planeada por Hitler, máxime cuando los objetivos ideológicos del Führer habíanse fijado en el Este y, precisamente, resulta que en la práctica, Hitler era, a la sazón, aliado de la Unión Soviética? Por mucho que la doctrina geopolítica nazi incluyera la Ucrania anexada funcionando como granero de una Gran Alemania (al igual que la concepción inglesa incluía la esclavitud de la India), esto era ideología y no “explica” sin más el factum concreto de la invasión alemana de Polonia el 1º septiembre de 1939. En cambio, tenemos por incontestablemente cierto que fueron Gran Bretaña y Francia quienes declararon la guerra a Alemania alegando los derechos de la Polonia invadida, cuando, sorprendentemente, no declararon la guerra a la URSS a pesar de que, en cumplimiento del pacto Molotov-Ribbentrop, ésta también invadió Polonia y luego se anexionó Lituania, Letonia y Estonia. Por si fuera poco, la URSS invadió además Finlandia, pero los adalides de la “democracia” jamás movieron un dedo para preservar la independencia de dichos países. De tales evidencias sólo cabe concluir que la “defensa” occidental de Polonia se esgrimó como una típica coartada humanitaria de los fariseos de siempre, esta vez para desencadenar una guerra de exterminio contra Alemania. Insistamos: no contra el “fascismo” per se, sino contra una Alemania a la que el fascismo había vuelto más poderosa. !El problema era Alemania! La pregunta: ¿quién quiso esa guerra en Inglaterra si no la quería el pueblo británico ni tampoco buena parte del estamento político londinense?
Me parece que el ataque norteamericano a España (con el fraudulento hundimiento del acorazado “Maine”), que provocara la denominada guerra de Cuba, o la reciente guerra de agresión aliada contra Iraq, ilustran a satisfacción sobre el tipo de mecanismos que pueden llevar a las potencias capitalistas occidentales a desencadenar un conflicto bélico. Sostengo que el análisis comparado permite comprender la Segunda Guerra Mundial como una guerra de agresión del mismo tipo que las provocadas por ciertos “poderes económicos” de occidente contra potencias que podían resultar molestas para sus anhelos de hegemonía mundial. La “cruzada democrática” (!ja, ja, ja!) de 1939-1945 equivale, en los hechos, a un anticipo de cosas tan “humanitarias” como la guerra de Iraq (2003). Ahora ya no pueden engañarnos los oligarcas occidentales con sus historietas de soldados Ryan (“un hombre decente”), conocemos perfectamente su catadura moral: hémosla visto actuar ante nuestros propios ojos a lo largo de décadas, la gente común sufre ya a estos criminales y experimenta las consecuencias del “antifascismo” en sus propias carnes y en la miseria de familias que son nuestros vecinos… Somos conscientes de que el 11-S constituye sólo el montaje de un casus belli de parecidas características al invento de las “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein o el “programa nuclear” iraní. La invasión de Polonia por Hitler, inevitable a tenor de los abusos perpetrados por occidente contra Alemania en el Tratado de Versalles, juega el mismo rol propagandístico que la “amenaza” iraquí o “islamofascista”, y “el Holocausto” que los crímenes de Saddam Hussein en Kurdistán y Bashar el-Assad en Siria, legitimación a posteriori de la “guerra justa” esgrimida siempre por los “santurrones” judeocristianos (mientras Blackwater cuenta las monedas). Los genocidios sólo pasan a ser importantes cuando conviene a la banca y según quien los cometa o cuáles sean las víctimas; “amenazas” o “agresiones” son siempre las acciones militares del enemigo, pero del enemigo… de los “inversores” (para decirlo suavemente). Nos sabemos de memoria las fórmulas exoneradoras de la farsa humanista, y si no creemos a Rajoy cuando explica sus relaciones con Bárcenas, o la versión oficial del 11-M, ¿por qué habríamos de creernos las mentiras sobre las causas de la Segunda Guerra Mundial? ¿Acaso un límite sagrado o una mágica solución de continuidad separa ambas series de hechos? ¿Es que el cuestionamiento del pueril imaginario de Hollywood hace tambalearse el equilibrio psicológico y hasta la identidad personal de analistas por lo demás honestos y críticos con los EEUU o Israel?
Lo dicho no abona, conviene subrayarlo, a Hitler, ni convierte a los nazis en hermanitas de la caridad por el simple hecho de haber combatido con singular y heroica determinación el canallesco poder mundial de la oligarquía financiera, pero la patencia de los hechos nos fuerza a retomar, como siempre, el fenómeno del antifascismo, la barrera simbólica invisible que protege a los eternos criminales impunes y distorsiona el sentido mismo de la narración histórica hasta hacerla literalmente incomprensible, mítica (=no científica).
La respuesta a la pregunta que plantea esta entrada del blog es que hubo intereses ocultos y bastardos en la declaración de guerra a Alemania. Son esos “intereses”, y no la maldad hollywoodiense de “los nazis”, un cuento para esos niños adultos que son los ciudadanos occidentales acunados entre los algodones de la sociedad de consumo, los causantes de la Segunda Guerra Mundial. Ésta no la provocó Hitler. Es un hecho: Hitler no quería una guerra mundial ni pretendió -y existen razones y fundamentos adicionales, que ahora no desarrollaré, para sostener esta afirmación- agredir a Francia e Inglaterra. ¿Por qué Londres desencadenó y promovió entonces esa guerra mundial contra Alemania en nombre de las consabidas paparruchas humanitarias? Un auténtico historiador debería poder responder a esta pregunta de forma convincente. Pero la política, la misma política que “quiso” el desastre, impide a los historiadores occidentales reconocer la verdad cuando la tienen ante sus mismísimas narices. Y hasta que los ciudadanos no comprendan la relación existente entre estos hechos aparentemente tan alejados de sus vidas cotidianas y las atrocidades que la oligarquía está perpetrando en perjuicio de los trabajadores de la nación, toda “lucha social de izquierdas” será corta de miras, e incluso ciega, por lo que respecta al verdadero enemigo político, aquello que todos los pueblos del mundo deben combatir sin piedad. El capitalismo, empero, ya envenenó a la izquierda tiempo ha con los “valores burgueses”, de ahí la impotencia de las fuerzas políticas socialistas, si es que queda algo de eso en la hedionda realidad de los parlamentos “democráticos” de occidente, a la hora de plantarle cara a la bestia asesina denominada Gran Capital.
Jaume Farrerons 1 de enero de 2013
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