…aumentan las patrañas de la falsificación de la Historia de Europa en el siglo XX…

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checa sant elies
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Cheká de Sant Elies (Barcelona), donde un crematorio eliminaba los cadáveres de las víctimas “fascistas” de la represión republicana en España mucho antes de que Auschwitz existera.
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El invento de crematorios para eliminar cadáveres producto de un exterminio masivo tuvo lugar en la Rusia bolchevique. También el uso homicida de gases tóxicos con prisioneros políticos. Tales son algunas de las fantásticas “realizaciones” (de la “utopía” nunca más se supo) consecuencia del golpe de Estado contra la República democrática rusa de octubre de 1917 y de una represión despiadada perpetrada mayoritariamente por comunistas de etnia judía, hecho que en su día denunciara el Premio Nobel Alexandr Solzhenitsyn y que el propio J. P. Sartre, filósofo y también Premio Nobel, reconoció con indisimulado orgullo pocos meses antes de morir. Simples datos que dan mucho que pensar y que, por supuesto, no habríamos conocido nunca si ello dependiera del diario El País. Solzhenitsyn:
Pero yo me he limitado a dar los nombres de las personas que dirijían  entonces los destinos del Gulag, de los jefes de la NKVD, de los directivos de  la Construcción del Canal del Mar Báltico. Aquí están los principales. Yo no tengo la culpa de que todos ellos sean de procedencia  judía. No se trata de una selección artificial realizada por mí. La separación la  ha hecho la historia (Alexandr Sozhenitsyn, Alerta a Occidente, Barcelona, Acervo, 1978, p. 256).
Los “principales” fueron Frenkel,  Finn, Uspensky, Aaron Solts, Jacobo Rappoport, Matvei Berman, Lazar Kogan,  Genrikh Yagoda… Yagoda, cuyas víctimas rebasan con mucho las de Reinhardt Heydrich o Himmler, era, por decisión de filantrópicos investigadores y periodistas sionistas, un personaje casi desconocido para la mayoría de los ciudadanos de la “feliz” (=narcotizada) “sociedad de consumo” antifascista. Empero, gracias a la red, los efectos del revisionismo (y del negacionismo del Holocausto) han sido devastadores para la propaganda sionista, hasta el punto de que se está llegando al extremo contrario de incredulidad absoluta ante todo aquello que la prensa sistémica, el “mundo de la cultura” y las instituciones oficiales puedan contarnos al respecto. El genocidio judío nunca habría existido, lo que es falso. Para nosotros no cabe duda alguna de que hubo persecución judía bajo el Tercer Reich y que unos 2 millones de judíos fueron asesinados o perecerieron por diversas causas (incluido el maltrato) en campos de trabajo. Los asesinatos se produjeron mediante el uso de armas de fuego en la Rusia ocupada por Alemania (Einsatzgruppen), y quizá en alguna ocasión para matar se utilizó en Polonia el Diesel, el Zyklon B u otra substancia química, pero tanto el plan de exterminio sistemático con “cámaras de gas” cuanto los 6 millones de víctimas judías son una exageración de la propaganda sionista y comunista. Incinerados. Unos 300.000 níños alemanes murieron así por orden de Churchill.
Hemos explicado (que no justificado) las causas del holocausto en el libro La manipulación de los indignados (2012), así como la génesis y funciones de la “ideología del Holocausto” (Norman G. Finkelstein) para encubrir los genocidios cometidos por los vencedores, sin dejar de subrayar la total impunidad de éstos hasta el día de hoy. Ante la evidencia del fraude, que está ya muy claro en las cifras de víctimas admitidas para el campo de Auschwitz (incluso oficialmente pasaron de 4 millones a 1,5 millones en 1989, no obstante, la cifra total de víctimas judías, por una suerte de efecto mágico inmune, jamás ha sido corregida a la baja), el sistema oligárquico ha financiado “nuevas investigaciones” que tienen como finalidad renovar el producto propagandístico, hacer más creible la narración sobre fascismo qua “mal absoluto” y despistar a la gente respecto de la enormidad de los “genocidios olvidados”. Sigue, empero, siendo un dato incontestable que el mayor criminal de masas de la historia no es un fascista, sino el “progresista” Mao-Tse-tung, cuyas víctimas se cifran en 65 millones de personas, hecho que no ha enturbiado las excelentes relaciones comerciales de occidente con el régimen comunista chino durante las últimas décadas e incluso  la celebración de las olimpiadas de Pekín. En Europa, la palma se la lleva el también “progresista” Stalin, con un genocidio que, como poco, afecta a 20 millones de personas exterminadas (las cifras de “afectados” y víctimas por otros conceptos podrían alcanzar los 66 millones de personas). El problema es, por tanto, el revisionismo en todas sus formas, el simple uso de la capacidad de “pensar”, cotejar y criticar la información-basura que vuelcan los amos oligárquicos en la mente de los ciudadanos, porque el análisis detenido y pormenorizado de los hechos tiende a restar fuerza a la propaganda aliada, cuyos efectos sobre la población son cada vez más ineficaces en orden a promover el odio contra aquellos disidentes identificados y estigmatizados como “fascistas”. Así lo reconoce de alguna manera un artículo de El País del 8 de marzo de 2013, “El mapa del horror nazi se ensancha”, donde cierto periodista de cuyo nombre prefiero no acordarme (véase enlace) sostiene que, gracias a un “estudio”, habríanse descubierto por fin los “nuevos horrores” del nazismo:

El trabajo ha recopilado documentación aportada por más de 400 investigadores e incluye también relatos de primera mano de las víctimas que describen con precisión cómo funcionaba el sistema y cuál era su propósito. Para algunos analistas, el hallazgo no sólo es una herramienta fundamental para estudiosos y supervivientes sino un argumento más para combatir a los revisionistas y negacionistas del Holocausto.

Se necesita mucho dinero para pagar a 400 “investigadores”. Imaginemos qué pasaría si el revisionismo dispusiera de medios equiparables. En cualquier caso, esa investigación ya sabía desde el principio aquello que era menester encontrar, qué datos considerar “relevantes” y cuáles desechar. Nunca se trató de interpretar un fenómeno (la represión en la retaguardia alemana durante la Segunda Guerra Mundial) para el que, por ejemplo en el caso de la Segunda República Española,  encuéntranse todo tipo de excusas y atenunantes, sino de seguir abonando la propaganda política que justifique todos los crímenes que el Estado de Israel haya cometido, cometa o pueda cometer en el futuro. Véase cómo justifica Paul Preston la violencia del Frente Popular:
Por lo que respecta a la represión en la zona republicana, fue más pasional y como respuesta a los acontecimientos. Al principio, fue una reacción espontánea y defensiva frente al golpe militar, que después fue intensificándose con las noticias que difundían los refugiados sobre las atrocidades de los militares y con los bombardeos rebeldes (Preston, P., L’holocaust español, Barcelona, Base, 2011, p. 12, traducido del catalán al castellano).
Estas afirmaciones de Preston son absolutamente falsas: la violencia sistemática de las izquierdas, y así lo ha demostrado Pío Moa hasta la saciedad, precede al alzamiento militar, con auténticos golpes de estado revolucionarios -perfectamente planificados- como los hechos de octubre de 1934. Pero aquello que aquí nos importa ahora es el “razonamiento moral” de Preston, que podría aplicarse, esta vez de forma totalmente rigurosa y verídica, al fascismo como reacción frente al comunismo, y al nazismo en tanto que “respuesta” a amenazas harto reales y de efecto agregado como el gulag, la publicitada decisión leninista de extender a Alemania la (carnicera) revolución bolchevique, el conocimiento alemán del plan genocida aliado en 1941 y su inmediata aplicación por el Bomber Comand británico (en el mismo momento en que Hitler ofrece la paz a Londres), etcétera.
Un sonriente Paul Preston.
Igual que el “nuevo” detergente Ariel, tenemos, en suma, el “nuevo” Auschwitz ultra Sión, más eficaz para lavar el cerebro de los gentiles. Fuentes admitidas son los “relatos de las víctimas” que, como premio a su celebérrima y demostrada objetividad en el tema que nos ocupa, van a conseguir la millonaria indemnización correspondiente, ingresada ipso facto en las cuentas de las organizaciones sionistas (que luego financiarán ulteriores  “investigaciones” o… recursos estratégicos para la edificación del Eretz Israel). Una idea de la seriedad de este “estudio” la da ya el siguiente pasaje:
Según Megargee y Dean, entre 15 y 20 millones de personas murieron o fueron prisioneras en algunas de las instalaciones que el régimen nazi creó en Alemania o en sus países ocupados desde Francia a Rumanía, y que ahora se identifican en una gran enciclopedia cuyo último volumen está previsto que vea la luz en 2025.
Obsérvese: “murieron o fueron prisioneras”. Curioso cálculo y rigurosísimo trabajo de conceptualización. Si en realidad murieron 100.000 personas y 16 millones fueron prisioneras (así ocurrió con las minorías germanohablantes en Rusia y hasta en Sudamérica), el torticero rótulo sigue siendo a pesar de todo lo bastante impactante como para adormecer unas décadas más a las cohortes antifascistas de cretinos lobotomizados.  Nada que decir sobre los 17 millones de civiles o prisioneros alemanes objeto de vulneraciones de los derechos humanos, de los cuales la mayoría (13 millones) fueron exterminados y otros 4 millones sujetos como poco a limpieza étnica, violaciones (también de ancianas y niñas), hambrunas planificadas por Eisenhower, prostitución (menores inclusive) o esclavización en tiempo de paz… Nada que decir sobre el plan de liquidación racial del pueblo alemán, idea de un judío (Th. N. Kaufman) puesta en práctica mediante los bombardeos terroristas ingleses contra civiles y consumada por un tal Henry Morgenthau, de profesión banquero (a ver si adivinan a qué tribu…). Nada que decir sobre la Nakba, la limpieza étnica israelí de Palestina, perpetrada al amparo de los discursos sobre “el Holocausto” y acusando de “nazis” a niños palestinos antes de descerrajarles un tiro en la cabeza. Nada que decir sobre el gulag que precedió a Auschwitz, sobre los millones víctimas civiles alemanas del bloqueo naval inglés en la Primera Guerra Mundial, hechos anteriores a la existencia misma del nazismo y que, conviene subrayarlo, provocaron tanto su aparición como sus “desengañadas” características. Nada que decir sobre Hiroshima y Nagasaki, el mayor crimen de guerra después de Dresden, obras maestras “humanitarias”, por acción u omisión, de los “simpáticos” filosionistas judeo-anglosajones (que luego “montaron” la ONU para incumplir cuando les pluguiera sus propias resoluciones). Tenemos a legiones de “soldaditos Ryan” actualmente cubiertos de flores por Hollywood, pero la realidad es muy distinta a la ficción propagandística.
Víctimas alemanas del “humanitario” plan Kaufman-Morgenthau de exterminio racial. No hubo gaseamento previo: quemadas vivas. !Reconocer todos estos hechos como genocidios, crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad, extrayendo las consecuencias jurídicas, éticas y políticas pertinentes, sí sería algo realmente “nuevo” (por no hablar de la decencia recobrada)! Pero los fanáticos sanguinarios de la extrema derecha judía prefieren, por motivos asaz interesados, continuar repitiendo la letanía de Auschwitz y ampliar el espectro de acólitos susceptibles de reclamar una indemnización a Alemania.
Por lo que respecta a la oportunidad de la “investigación”, no parece demasiado honesto presentar como novedosas cifras que aparecen en El libro negro del comunismo, donde, pese al título, se acusó también al nazismo por la responsabilidad de 25 millones de muertes:

Hasta que comenzó la guerra, y sobre todo a partir del ataque contra la URSS, no se produjo el desencadenamiento del terror nazi cuyo balance resumido es el siguiente: 15 millones de civiles muertos en los países ocupados; 5,1 millones de judíos; 3,3 millones de prisioneros de guerra soviéticos; 1,1 millón de deportados muertos en los campos, varios centenares de miles de gitanos. A estas víctimas se añadieron 8 millones de personas condenadas a trabajos forzados y 1,6 millones de detenidos en campos de concentración que no fallecieron (El libro negro del comunismo, Stéphane Courtois et alii, Barcelona, Planeta, 1998, p. 29).

La edición francesa original de esta obra es del año 1997 y ya entonces se publicaban los cómputos de victimización que la presunta investigación difundida por El País pretende vender a bombo y platillo como un “descubrimiento”. Un dato importante de la cita anterior es que no se detecta “terror nazi” hasta que comienza, dice el autor, el ataque a la URSS. En realidad la política alemana de genocidio sólo se desencadenó cuando los nazis fueron conscientes del plan de exterminio aliado, publicado el 28 de febrero de 1941 y llevado a la práctica por Londres mediante una guerra aérea totalmente ilegal, cuyo objetivo no eran las instalaciones o fuerzas militares alemanas, sino los civiles. Rusia habíase negado a firmar la Convención de Ginebra y Moscú hacía ya décadas que esclavizaba y liquidaba en masa de forma sistemática a toda su población en campos dirigidos mayormente por judíos. Estos hechos, que en la percepción de Hitler confirmaban buena parte de los tópicos de la ideología nazi, explican la despiadada política de Berlín en el frente oriental, que fue “reactiva” a las fechorías del “judeobolchevismo” y del sionismo, y comportó el asesinato de 3,3 millones de prisioneros soviéticos, además de la infame masacre de un millón de civiles judíos (también ancianos, mujeres y niños) por los Einsatzgruppen. Los comisarios políticos comunistas eran ejecutados sobre el terreno. Hitler pensaba que los bombardeos británicos respondían a un “plan judío” (elaborado por Theodor N. Kaufman). Por ese motivo los aviadores ingleses prisioneros, pese a tratarse de auténticos criminales de guerra, fueron en cambio respetados por las autoridades de los campos. En contrapartida, los ingleses cumplieron la Convención de Ginebra con los soldados alemanes capturados; no así los norteamericanos y los franceses, cuyos militares cautivos, empero, sí habían sido amparados por el Tercer Reich. La respuesta de Hitler: ejecuciones masivas en el frente oriental. Por otra parte, si las cifras de civiles fallecidos por cualquier circunstancia como consecuencia de la guerra se suman a las cifras de un genocidio (cosa que estamos dispuestos a admitir, pero en todos los casos de genocidio y no sólo en aquellos que interese a la oligarquía sionista ventilar en términos de propaganda), el crimen de masas perpetrado por los aliados contra el pueblo alemán es tan “causal” como descomunal, único en la historia, y las 600.000 víctimas del ataque aliado a Iraq (2003) son también “víctimas de un genocidio” (y entonces hasta el meapilas católico José María Aznar tendría que responder). Por supuesto, siempre que se trate de cargarle muertos a Hitler sin tasa ni medida bastará con afirmaciones (basadas en “relatos”) o en conceptos tan difusos como “murieron o fueron prisioneros”. De suerte que esas presuntass víctimas se convertirán en ocasiones en curiosos cadáveres postulantes al estilo de Enric Marco, Jerzy Kosinsky o Binjamin Wilkomirsky… Olvídanse mientras tanto las other losses (“otras pérdidas”), personas exterminadas bajo la acusación de “fascistas” o por el simple hecho de ser alemanas, las cuales parecen no existir para esos mismos “investigadores” a sueldo de Tel Aviv. Si se trata de hacer “ampliaciones”, también nosotros podemos hacerlas, aunque desde luego no aparecerán publicadas en el diario “El País”. Limitándonos al “judeobolchevismo”, aquel régimen que fuera, para Hitler, el verdadero enemigo a batir: el escritor francés Alain de Benoist aporta la siguiente lista bibliográfica con títulos que la mayoría de los ciudadanos ignoran porque los diarios se encargan de silenciar esta información:

Mientras que S. Courtois evalúa en 20 millones el número de víctimas en la URSS, S. Brzezinski (The Grand Failure. The Birth and Death of Communism in the 20th Century, Scribners, Nueva York, 1989) se arriesgaba diez años antes a dar una estimación de 50 millones de muertos. R. J. Hummel, de la universidad de Hawai, estima que el régimen soviético mató a 61,9 millones entre 1917 y 1987 (Lethal Politics. Genocid and Mass Murder since 1917, Transaction Publ., New Brunswick, 1996). R. Conquest, cuyos trabajos (La grande terreur, Stock, 1970, 2ª ed.; La grande terreur. Sanglantes moissons. Robert Laffont, 1995) han afirmado durante mucho tiempo su autoridad, llega a un total de 40 millones de víctimas, sin contar los muertos de la Segunda Guerra Mundial. D. Volkgonov (Le vrai Lénine, d’après les archives secrètes soviétiques, Robert Laffont, 1995) ha hablado de 35 millones de muertos entre 1917 y 1953; J. Julliard, de “40 millones de muertos en la URSS” (“Les plereuses du communisme”, en Le Nouvel Observauteur, 19 de septiembre de 1991, pág. 58); D. Panine, de “60 millones de víctimas”. A. Solzhenitsin, en el segundo volumen del Archipiélago Gulag también daba la cifra de 88 millones de víctimas. Algunos investigadores basan sus cálculos en una evalución del “lucro cesante” demográfico de la población rusa. En 1917, la URSS contaba con 143,5 millones de habitantes. Las anexiones de 1940 sumaron 20,1 millones más, o sea, un total de 163,6 millones. De 1917 a 1940, y luego de 1940 a 1959, el incremento natural hubiera debido de llevar el volumen a 319 millones de individuos. Ahora bien, en 1959 sólo había en la URSS 208,8 millones de habitantes, lo cual significa un “déficit” de 110,2 millones. Si de esta última cifra se deduce el número de víctimas de la guerra (44 millones), el resto, es decir, 66,2 millones de hombres, mujeres y niños representaría el coste humano del sistema soviético (cf. el artículo del demógrafo Kurganov aparecido el 14 de abril de 1964 en el periódico Novie Russkoié Slova, traducción francesa en Est&Ouest, 16 de mayo de 1977). (Nenoist, Alain de, Comunismo y nazismo, Barcelona, Altera, 2005, pág. 14, nota).

Todas las víctimas de un genocidio, sin excepción, son iguales. No nos cansaremos de repetirlo. Utilizar los muertos de un genocidio (Auschwitz) para encubrir, banalizar, justificar y dejar impune(s) otro(s) genocidio(s), constituye un acto moralmente ignominioso que debería, además, considerarse ilegal y hasta delictivo (lo es ya, pero sólo, como siempre, en cuanto se refiera única y exclusivamente al holocausto). Los “investigadores”, periodistas y, sobre todo, las autoridades políticas que fomentan o permiten esta instrumentalización vergonzante de la peor vejación humana concebible poniéndola al servicio del racismo de la extrema derecha judía son delincuentes y algún día tendrán que pagar por sus fechorías. Bagdad 2003: Sión de nuevo en acción. Por cada víctima del nazismo se cuentan, computados los crímenes del comunismo y de las potencias occidentales e Israel, como muy poco 10 víctimas de la oligarquía. Pero el doble rasero moral es más que una mera cuestión numérica, pues los crímenes del nazismo (que no, como se pretende, del “fascismo”), convenientemente inflados con los fines ya expuestos, juzgáronse al fin en Nüremberg en 1945, mientras que los genocidios oligárquicos permanecen impunes y sólo muy lentamente van siendo admitidos a regañadientes como tales en meras obras de especialistas desconocidas por la mayoría de la población. Para los ciudadanos, en efecto, el “fascismo” sigue siendo el “mal absoluto” y ésta es con diferencia la más gigantesca manipulación informativa jamás cometida, la impostura más grave (sólo comparable a la resurrección de Cristo) habida hasta nuestros días; una mentira que brota, no en vano, de bocas de los peores asesinos que la historia recuerda. El periodista de El País parlortea como un robot programado sobre el “reinado de la brutalidad de Hitler entre 1933 y 1945”, pero ¿cómo describir el reinado de la oligarquía bajo el cual vivimos nosotros todavía? Un tiempo oscuro que sólo acaba de empezar gracias a mendaces y cobardes cómplices de la opresión sistémica como, sin ir más lejos, ese mismo periodista.
Jaume Farrerons
20 de marzo de 2013 Monumento al criminal de guerra Winston Churchill en Barcelona. El mapa del horror nazi se ensancha http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/04/actualidad/1362429770_809101.html

Existen los grandes e infames nombres que siempre conformaron la cartografía del horror: Auschwitz, Dachau, Treblinka, Varsovia. Y luego viene el vasto e interminable universo de grandes, medianos o pequeños campos de concentración y guetos que formaron el corazón del régimen nazi. Ahora, un estudio elaborado por investigadores del Museo del Holocausto de Estados Unidos en Washington ha cifrado en 42.500 los centros de la tortura, el sufrimiento y la muerte pensados y puestos en marcha por los nazis.
El total es tan inmensamente superior al que se creía hasta ahora que puede que la historia del Holocausto esté a punto de ser reescrita. De hecho, el hallazgo realizado por Geoffrey Megargee y Martin Dean —principales responsables del proyecto— es de tal envergadura en los números que aporta que ha caído como una auténtica bomba entre los especialistas del horror nazi y la solución final. Según Megargee y Dean, entre 15 y 20 millones de personas murieron o fueron prisioneras en algunas de las instalaciones que el régimen nazi creó en Alemania o en sus países ocupados desde Francia a Rumanía, y que ahora se identifican en una gran enciclopedia cuyo último volumen está previsto que vea la luz en 2025. Los lugares ahora documentados no solo incluyen centros de la muerte, sino también 30.000 campos de trabajo forzado, 1.150 guetos judíos, 980 campos de concentración, 1.000 campos de prisioneros de guerra, 500 burdeles repletos de esclavas sexuales para los militares alemanes y miles de otros campos cuyo uso era practicar la eutanasia en los ancianos y enfermos, practicar abortos y germanizar a los prisioneros.
Hartmut Berghoff, director del Instituto Histórico Alemán en Washington, explica que cuando el Museo del Holocausto comenzó esta meticulosa investigación, “se creía que el número de campos y guetos estaba en los 7.000”. Partes enteras de la Europa en guerra se convirtieron en agujeros negros de muerte, tortura y esclavismo con la creación de campos y guetos durante el reinado de brutalidad de Hitler entre 1933 y 1945. “Ahora sabemos cómo de densa fue esa red, a pesar de que muchos campos fueran pequeños y tuvieran una vida corta”, explica.

Partes enteras de la Europa en guerra se convirtieron en agujeros negros de muerte, tortura y esclavismo con la creación de campos y guetos durante el reinado de brutalidad de Hitler entre 1933 y 1945

En un principio, los campos se construyeron para encerrar a los oponentes políticos del régimen, pero a medida que el nazismo se extendía como un cáncer por Europa, no solo se dio caza a los judíos sino también a gitanos, homosexuales, polacos, rusos, comunistas, republicanos españoles… Dependiendo de las necesidades de los nazis, los campos y los guetos variaban de tamaño y de organización, concluye el estudio. El mayor gueto de triste fama es el de Varsovia, que durante su mayor ocupación albergó a 500.000 personas. El campo más pequeño identificado ahora por los investigadores del Museo del Holocausto tenía a una docena de personas realizando trabajos forzados en München-Schwabing (Alemania). La investigación se ha alargado 13 años, a lo largo de los cuales las cifras del horror fueron creciendo sin parar a manos de los especialistas… hasta llegar a esos 42.500. El mapa que dibujan estos números ofrece una fotografía en la que literalmente no se podía ir a ningún lugar de Alemania sin encontrarse con un campo de trabajo o de concentración. Durante años, muchos investigadores han centrado su trabajo en sacar a la luz a todas las víctimas del Holocausto, que muchos consideraban que era muy superior a la que se cita en los libros de texto. El número de judíos víctimas del nazismo se cifra en seis millones.

El hallazgo es un argumento más para combatir a los revisionistas y negacionistas del Holocausto

La investigación no solo abre la puerta a un nuevo capítulo de lo que la terminología nazi denominó la solución final, sino que posibilitará a los supervivientes del Holocausto presentar demandas o recuperar propiedades que les fueron robadas. Hasta la fecha, muchas peticiones a las compañías de seguro eran rechazadas porque las víctimas decían haber estado en un campo del que no se tenía registro. Eso acaba de cambiar. Aunque en opinión del profesor Berghoff, decir que la historia se va a reescribir sería “una exageración”. “La historia del Holocausto y su dimensión ya se conoce de sobra. Pero estamos sabiendo nuevos detalles, lo que es muy importante y deja los contornos mucho más claros”, apunta. El trabajo ha recopilado documentación aportada por más de 400 investigadores e incluye también relatos de primera mano de las víctimas que describen con precisión cómo funcionaba el sistema y cuál era su propósito. Para algunos analistas, el hallazgo no solo es una herramienta fundamental para estudiosos y supervivientes sino un argumento más para combatir a los revisionistas y negacionistas del Holocausto. El caso personal de Henry Greenbaum, superviviente del Holocausto, de 84 años y que vive a las afueras de Washington, queda recogido en la investigación del Museo. Es un claro ejemplo de la amplia variedad de sitios que los nazis utilizaron para aniquilar a los que consideraban enemigos de su doctrina. Greenbaum pasa hoy sus días mostrando el Museo del Holocausto a los visitantes. En su brazo está tatuado el número que el régimen le asignó: A188991. Su primera reclusión fue en el gueto de Starachowice (en su Polonia natal), donde los alemanes le encerraron a él y a su familia junto a otros habitantes judíos en 1940. Greenbaum tenía entonces 12 años. Su familia fue enviada a morir en el campo de Treblinka, mientras él y su hermana fueron destinados a un campo de trabajos forzados. Su siguiente destino fue Auschwitz, de donde fue sacado para trabajar en una fábrica —también en Polonia— y después enviado a otro campo de trabajo en Flossenbürg, cerca de la frontera checa. Con 17 años, Henry Greenbaum había pasado por cinco encierros distintos e iba camino del sexto campo cuando fue liberado por los soldados norteamericanos en 1945.
Fuente: EL PAÍS, 8 de marzo de 2013

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1 – 5 de 5

Anónimofernando  dijo…
el único nuevo dato que aporta el diario liberal es el de un campo en München-Schwabing, (Schwabing München), que no está muy lejos de Dachau, y que funcionó con subcampo de aquél.
según información asociada al museo del holocausto (http://www.ushmm.org) consistía de, cito “consisting of 12 to 14 men”. los reclusos iban en invierno a trabajar en Swechster Pia, nombre que recibe de una monja que acompañó a los freikorps en 1921 aproximadamente, de nombre Eleonore Baur.
el documento (http://www.ushmm.org/wlc/es/article.php?ModuleId=10007389) no consigna si los 12 o 14 hombres o mujeres eran siempre los mismos durante toda la guerra.
ahora bien, veamos el contexto en el que éste ejemplo de una docena de prisioneros se expone:
“El mayor gueto de triste fama es el de Varsovia, que durante su mayor ocupación albergó a 500.000 personas. El campo más pequeño identificado ahora por los investigadores del Museo del Holocausto tenía a una docena de personas realizando trabajos forzados en München-Schwabing (Alemania).”
¿por qué el autor, que debería de contar con nueva información pertinente (“entre 15 y 20 millones de personas murieron o fueron prisioneras“) sólo expone un hecho casi nimio en comparación a la cifra que desea consignar?7:06 p.m.

Anónimofernando  dijo…
es de notar que el periodista no se tomó la molestia siquiera de leer la enciclopedia publicada
http://www.ushmm.org/research/center/encyclopedia/
y se limitó a barajar datos de la red, como un copiar y pegar,
http://www.ushmm.org/remembrance/survivoraffairs/meet/detail.php?content=greenbaum
me queda claro que estamos ante un periodista y un periódico en nada interesados en la verdad, y sí en los títulos sensacionalistas
la enciclopedia indica la existencia de “a vast universe of facilities”
que evidentemente servirían de red a “Auschwitz, Dachau, Treblinka, and Warsaw”
noto que el dato de entre “15 y 20 millones” proviene del autor. no de la enciclopedia. hay extractos en google books.7:21 p.m.

Anónimofernando  dijo…
nada nuevo bajo el sol.7:22 p.m.

Anónimofernando  dijo…
fundamental:
el texto de la periodista habla de burdeles llenos de esclavas sexuales…
… la enciclopedia, no.
¿con esta construcción inútil y artificiosa que nada hace por el dolor de quienes sí sufrieron y que invita a dudar de mucho pretende servir?
liberales vende humo, arruinan al pueblo con sus lágrimas de cocodrilo y sus otros genocidios convenientemente olvidados.
zánganos.7:26 p.m.

BloggerENSPO  dijo…

Excelentes aportaciones, fernando. Compartimos, por supuesto, tu reflexión, el artículo de prensa tiene todos los visos de ser un montaje propagandístico más, una bocanada de oxígeno para los exterminacionistas, acorralados hace tiempo por el revisionismo histórico.
Pero no olvidemos que la verdad sigue siendo ocultada. Existen  MILES DE DOCUMENTOS clasificados sobre la Segunda Guerra Mundial en manos de Rusia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Desde luego, si no los publican no será porque añadan “horror” al nazismo, sino porque no les interesa publicarlos, porque esos documentos deben acabar de un plumazo con la “ideología del Holocausto”. No es de extrañar que algunos personajes relevantes como Churchill, en sus escritos, no hayan hablado de “el Holocausto”. Quizá conocían algunos de esos documentos clasificados y no querían quedar ante la posteridad como unos mentirosos. !Pues algún día se tendrán que desclasificar!
Quizá entonces la raza blanca ya no exista y carezca de importancia a efectos políticos, pero desde este mismo momento, y con todo lo que sabemos, podemos empezar a sacar las consecuencias de que existan esos documentos clasificados y que, algunos de ellos, filtrados por Wikileaks, ilustren y confirmen el plan de exterminio contra el pueblo alemán.6:19 a.m.
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Una respuesta to “…aumentan las patrañas de la falsificación de la Historia de Europa en el siglo XX…”

  1. hirania Says:

    Reblogged this on # JRANIA #.

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